septiembre 30

Corazón ardiendo. Piel en llamas.

A través de la ventanilla del coche, la vida pasa tan rápido como los pensamientos. Y si te paras a mirar un segundo, por el espejo retrovisor, a lo lejos, ves lo que quieto, inmóvil, va quedando ahí, en ese lugar

La suave brisa que entraba, movía el pelo y con ella las ganas de volver a ese pequeño rincón que se puede fabricar en cualquier parte del mundo, cuando decides poner sobre una balanza lo que deseas y lo que quieres. Y encuentras ese equilibrio, justo ahí, y entonces sabes que a partir de ahí todo va a salir bien. Ganas de regresar a esa cama donde se escriben tantas historias, donde se hacen realidad fantasías, donde se llama a cada uno de forma distinta, donde la realidad supera a la ficción, donde tantas noches se fundieron con los días, pensando en cuán diferentes son las personas, en cuanto le quitas la ropa, en cuando ya no tienen promesas por cumplir.

Al final, te das cuenta de que quien nada tiene, nada tiene que perder. Y así hay muchos falsos amantes, haciéndoles ver a sus amadas de dosel ardiente que en realidad arden en deseo por ellas, aunque tras darse la vuelta en la cama, le susurren al oído a las secretarias de turno que se mueren por hacerle temblar las piernas, o a sus vecinas del quinto que desean devorar con ansia sus labios rojos tantas noches sedientos de ellos. O mensajes ocultos bajo las almohadas, que a golpe de teclado mandan señales de socorro a los ex amantes que echan de menos, a los que podría estar allí, sin más, por aquello que nunca hicieron, por las palabras a la luz de la luna que se juraron no desvelar. Al final, entresijos de la vida, en un bando u otro, lo que no tienen es lo que quieren. Así es la vida.

Volver a ese sofá rojo del que muchos hablan pero pocos han podido disfrutar, abrir una botella de vino y volver a coger el teclado, este que durante tantas noches me ha acompañado, en lo bueno y en lo malo, los días grises, esos que tanto me gustan, y los días normales, esos que tanto me afano en conquistar a golpe de incertidumbre en la agenda. Y mientras lees y relees, te das cuenta de que en el cuento de algunos, la princesa huyó descalza, dejando sus tacones por el camino. Cenicienta huyó del príncipe porque se dio cuenta de que el sapo, sabía besarla mejor. Y otras tantas doncellas de preciosos cobrizos cabellos, se fueron poco a poco hundiendo en terrenos pantanosos, de los cuales, si salen, tendrán que huir del reino. Otras, sin embargo, echándose a la mar, pondrán su corazón sobre una barca y dejarán que la cruenta rutina les termine por matar, el amor que nunca se puede atrapar. Y otros… bueno, otros simplemente aguardarán su turno para asaltar el corazón de una reina, que dejó al aprendiz de Sr. Grey creyéndose capitán de su alma, alimentado a base de chóped (que en época de hambruna, todo agujero es trinchera, decía), con carcelarias bipolares que quieren poseerlo a toda costa.

Dejando a reyes sin reino aparte, y volviendo al presente, una, incluso cuando va a comprar, se da cuenta de que esta época del año, es la más propicia para el cortejo. Tanto que hasta lo que yo creía imposible, sucede. Las cajas de autopago y un «¿Sabes cómo funciona?» es la nueva frase insignia. Miradas de satisfacción, roces fortuitos, un «No te preocupes, que yo te la meto» (la compra, se sobreentiende), y yo viéndolo allí con mis propios ojos mientras sostenía con orgullo mi zumo de piña y una tarrina de helado de chocolate para poder disfrutar cómodamente en la cama, en compañía. Y es que ya, lo de las discotecas y salir de ruta para encontrar presa está demasiado fácil. Lo de las redes sociales facilitan mucho el historias y currículum sentimental, profesional y juerguístico del elemento en cuestión (incluso familiar si se rebusca mucho), pero sigue siendo frío, aunque de cobijo en las noches desesperadas. Ahora nos hemos vuelto unos románticos empedernidos y buscamos ese contacto mano a mano o mano a miembro (depende de la rapidez con la que uno quiera iniciar algo). Y me doy cuenta de que tras mi vuelta de vacaciones, todo sigue igual, cosa que me alegra sobremanera. La rutina tiene un especial encanto que hace que puedas entonar ese «por fin en casa» con cara de satisfacción.

No es lo mismo, lo reconozco. Ahora te invitan a casa, te preparan la cena, te llenan de vino blanco la copa tantas veces sean necesarias, te invitan a ver una película en el sofá (la que sabemos que no vamos a pasar más allá del título) y te miran con cara de no saber muy bien cómo hacer para decirte lo que ambos están deseando. Entonces, es cuando la chica de los tacones rojos, esa que prometió que haría lo imposible por ser feliz, le miró a esos ojos marrones verdosos que desde aquel día, en aquel hotel, entonando una canción, olvidó prejuicios y pasados caducados y sin darse cuenta, se vio allí, como esa coma que va después de un asalto entre sábanas.

Han pasado muchas lunas llenas desde entonces. Y muchos deseos se han ido paseando desnudos sobre la cama. Ella se mordía el labio cuando le deseaba, esperaba que él cuan desatado insigne se acercara sigiloso por su espalda y posara sobre su cuello esos besos en fila, que se iban perdiendo por su cuerpo. Cerraba los ojos, quería dejarse llevar. Con tacones o sin ellos, él le decía al oído lo que toda mujer quiere oír. Ella, con ganas de prolongar sin más esos instantes, sacudía su cuerpo de deseo, intentaba apaciguar el corazón ardiente, donde tanta pasión se colaba entre las rendijas de la ventana, esperando que él apagara una piel en llamas. ¿Cómo se llama eso? ¿Acaso hay nombre que lo describa? ¿Hay palabras suficientes para entonar un cántico de cama para amantes desesperados?

Sí. Eso era el mejor recibimiento para un regreso que promete. La vida es un momento. Y yo vivo la vida. Y en ocasiones, hay que subirse encima de ella para llegar a la felicidad. La vida es un suspiro, un gemido inquebrantable para quien la sabe disfrutar. Con tacones o sin ellos, en ocasiones, todo consiste en volver a empezar.

Como esas manos que suben por las rodillas como la primera vez. O como esos ojos llenos de pasión por derramarla sobre mi cuerpo. Sorpréndeme. Déjame que haga contigo lo que quiera. Deja que seas todo para mí. No temas. Deja que salten chispas con el roce de nuestras piernas, sigue envolviendo con tu lengua cada poro de mi piel. Y conquista cada parte de mi cuerpo. Tenemos muchos capítulos que escribir. El sofá rojo nos espera. O tu cama. O…

¿Qué parte mía quieres alcanzar? Ven aquí, túmbate a mi lado y cierra los ojos. Lo tengo todo preparado para volver a comenzar. Cierra la puerta, toma aire y déjate llevar. Ya lo leí una vez: Lo importante no es con quien llegas, sino con quién te vas.

Fuente diariodelostaconesrojos