octubre 12

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Relato erótico: Desnuda de ti

Si algún día caemos, que sea sobre la cama.
Y que mi magia sea desnudar la primavera antes de que te vayas…
 
Los días pasan de una forma tan rápida que asustan. Y se asustan los días de nosotros al ver cómo a cada hora, dejamos lo que fuimos y somos lo que seremos.

Me es inevitable no volver la vista atrás, esos días que te sientas alrededor de la mesa con una buena copa de vino, tiempo para hablar y excusas que sirven de aperitivo para el tema principal. ¿Cambiamos las personas o nos hacen cambiar? Y a partir de ahí, me es imposible no acordarme de todos ellos, que siempre tengo presentes. Porque a pesar de que la vida sigue su curso, a pesar de que ellos salen y entran, la frecuencia con los que me acuerdo de sus nombres es proporcional al tiempo que paso mirando al techo. Pero ellos ya son pasado, el hecho por el cuál, soy la T que ahora todos conocen, de la que estoy tremendamente orgullosa, de la que ha aprendido a caminar con el mismo garbo sobre unos altos e imposibles tacones que descalza, sobre el suelo del parquet de tu dormitorio los domingos que habito tu corazón y poseo tu cama hasta que el reloj me echa de tu cama a golpe de sonrisas maliciosas, abrazos tuyos que me rozan el alma, combustible para comenzar las mañanas de lunes con ganas de ti. Si relames los labios todavía tienes que tener mi esencia en la punta de tu boca. En esa boca tuya tan mía, tan ansiosa de mi cuerpo, cuerpo que se volatiliza, que se escurre entre las sábanas de la fría cama que calientas para mí.

Todavía recuerdo aquella mañana. Sí. Aquella mañana en la que me dijiste que me deseabas con tantas ganas. Y yo quería comerme las horas del reloj esperando llegar así al momento de volver a verte. Y cómo me cogiste por la cintura mientras me rozabas con la barba de tres días. Y cómo aquel único beso en la mejilla, de los de verdad, hicieron que se te cerraran los ojos y sonrieras. Esas cosas se echan de menos, cuando las prisas impacientes no dan paso a lo importante. Pero yo prefiero sentarme a deleitarme con la vida, antes de la que vida me mire a mí y yo no pueda correr tras las oportunidades que perdí.

Recuerdo cómo me cogiste de la muñeca y me arrastraste literalmente a tu dormitorio. Estaba todo oscuro y no te paraste ni a encender la luz. Simplemente levantaste la persiana un poco, encendiste unas cuantas velas y pusiste esa canción que tanto me gusta. Sacaste del último cajón de la mesita de noche el nuevo aceite de esencias de sándalo y me dijiste que habías hecho un pacto con el reloj. En ese momento eras mi dueño, y yo la esclava de tus manos, que a pesar de querer atarme a tu cama, me liberaban de la ropa.

Sonreí. Te pregunté: «¿Qué te parece cómo me queda el nuevo vestido que me he comprado?» A lo que respondiste mientras ibas desabrochándome cada botón de la espalda: «Queda mejor en el suelo».

Me tumbó boca abajo y noté cómo un escalofrío recorría mi cuerpo, al notar el frío del aceite y el calor de sus manos. Iba rozando cada una de mis vértebras, desde el cuello hasta la cintura, con un placer mezclado con una pequeña parte de dolor. Cuando ya estaba casi a punto de quedar profundamente dormida, en ropa interior y sobre su cama, noté que iba posando sobre mis hombros esos besos que durante tanto tiempo había estado cultivando en su mente, palabras que se materializaban en sus labios y ansias mías por abrazarle y no separarme de su cuerpo.
Cuando ya creía que el festín había concluido, me giró y lo vi allí, encima de mí, con una sombra parpadeante de unas velas que parecían decirnos lo que nuestros ojos gritaban. Me tapó con sutileza la boca y con la otra mano fue marcando un camino al cual le fue siguiendo su lengua. No quería contenerme, no quería que se detuviera, sólo quería que me quitara las ganas de lujuria a mordiscos.

Aferrándome con gran agilidad a su cintura con mis piernas, le cogí la cabeza con las manos y sin parar de besarle, cerré los ojos y le tumbé sobre la cama para ponerme sobre él. «Si no sabes a dónde puedo llevarte, no inicies el camino». Eso fue lo único que pude decirle. Porque a penas salieron las últimas palabras de mi boca, sus astutas manos me desnudaron por completo y noté que deseaba mi cuerpo con tantas ganas que sus manos resbalaban por los entresijos de mis secretos. Su aliento en mi oreja, sus pies rozando con los míos, la coreografía al ritmo de una vela que iba a terminar por consumirse. ¿Pasión con fecha de caducidad? Prefiero deleitarme con el sabor del ahora, de lo que hay, a pensar en lo que podría suceder mañana. Atrapada entre sus piernas el tiempo se había detenido, perder la noción de la noche, que envidiaba nuestra actitud, paredes que callan lo que otros ya quisieran decir. Hombres que hacen lo que otros ya quisieran soñar.

Y al unísono, llegamos al punto. Punto que puedes llamar como quieras, pero provocan unos suspiros prolongados con un toque de gemido enaltecido y ganas acumuladas. Caí rendida sobre la almohada, con esa sonrisa de después de tus caricias, de después de ti, lo que venga es poco. Y cerré los ojos con la intención de dejar a mi agitado corazón descansar de sus latidos aplastados de tanto amor.

Tiene gracia, al final de todo, que terminemos por pensar lo que creemos. Pero ahora, esta noche de domingo en la que recuerdo cómo nos conocimos, cómo la casualidad hizo que nuestros destinos se cruzaran, cómo nuestras manos se quedaron atrapadas en el deseo de una cama y dos almas libres, cómo sonrío cada vez que te veo, que leo un mensaje que me invita a pensar que te has acordado de mí. Y es que hay melodías que suena tan bien como el silencio. Y palabras que resuenan como el teclado de mi ordenador. Y besos que saben a ganas de más. Y cuerpo que dicen «te echaba de menos».

Tiene gracia sí. Que todavía estés aquí, que no me vaya ido todavía y ya te esté echando de menos.