octubre 16

Etiquetas

Llámalo X

Si tu me dices ven, me lo quito todo… los+tacones+rojos+blog+diario

De entre los mayores placeres de la vida, hay uno que me encanta. Despertarte por la mañana a la hora a la que los ojos han dejado de soñar, abrir la ventana y que entre ese aroma de domingo hasta rozarte con las sábanas de verano mientras tímidamente se cuelan por entre las rendijas del recuerdo las palabras que quedaron por decir, esas que abarrotadas en la mente se evaporan con el paso de las horas entre idas y venidas de historias que serán, sin duda, compañeros de viaje durante toda la vida.

Y no hay sonido más pasional que el golpe del cabecero de la cama contra la pared. Lo se, porque a mis vecinos, con el calor que hace, les ha dado ahora por hacer melodías posturales y así, invitarme a que me una a ellos a través del tabique que separa el dormitorio de ellos del mío. Hay veces que les sonrío mientras les escucho. Otras, me imagino si ellos saben que me hacen partícipe de cada gemido que de forma arrítmica llega a mis odídos. Sentidos que se agudizan cuando se que va a venir a verme. Quizás, sea hora de demostrarle a mis queridos vecinos lo que es un auténtico recital con fuegos artificiales, por todo lo alto. Si ya es un placer comer en la cama, imagínate que te coman sobre ella.

A cada cosa hay que llamarla por su nombre. Porque todavía paso mi lengua por los labios y tengo el suave sabor de tu boca pegada a la mía, rozándome con esas manos y parando las ansias de estar de nuevo contigo. No eres tu, soy yo, que a pesar de lo que puedas imaginarte, me contengo. Puede que todavía, no estés preparado para una mujer como yo.

No fueron los ojos esos tuyos tan descarados los que me atraparon, sino la incertidumbre de descubrirte. Y el tiempo, que todo lo cura y todo lo enseña, empezó a jugar conmigo, asegurándome al oído que quizás, hay cosas que no suceden por casualidad, aunque haya casualidades estudiadas al milímetro. Acostumbrada a dejarme llevar y a no improvisar, aquella noche de verano saqué del armario lo primero que vi, me arreglé con un poco de descaro y rubor de nuevas intenciones y me dirigí a aquel hotel, sobre unos tacones que me llevaban al camino que tantas veces había recorrido, que se sabían de memoria.

Muchas veces no es el lugar sino la compañía. No es cómo, sino cuándo. No es por qué, sino, para qué. Y allí estábamos. Entre esas palabras pendientes y esas comas de menos, de las que cambian por completo el significado de la frase, el sentido del encuentro. Hotel punto de encuentro. Cafetería anómala y desconcertante. Vasos con contenido sin continente. Posavasos corrientes y ceniceros llenos de consumidas cenizas de humos evaporados salidos de las gargantas de los que nada temen.

Solo el lento pero insistente sonido del agua caer en la fuente y el saludo aireado de los árboles centenarios que adornaban el claustro acompañaban. Y ese descorchar de la botella, que suele suponer el inicio de algo. O el cierre de un trato. Palabras de más, historias de menos. Al final, una copa y después otra.

Y entre copa y copa siempre hay alguna poca de decencia que se va desnudando poco a poco. Indecencia que emborrachada de inconsciente palabrería, se deja atrapar por interlocutores prestos por irse a la esquina más cercana a intercambiar confidencias a golpe de tacón, de rozarse con los labios las  impaciencias contenidas de puntos suspensivos. Porque cuando bebo y te miro, noto que me ingieres. Quizás querías matar la sed y resucitaste a mi alter ego. No hay lengua pasajera que no desee viajar a cuerpos cercanos que escabullen entre silencios lo que querrían decirte a gritos. Y por eso, solo te miro y me quedo inquieta esperando a que rescates este cuerpo del letargo del hastío que produce el tenerte a mi lado y poseerte sólo mentalmente.
Cuando terminé pedí la cuenta de los besos que tenemos pendientes. Y me los cobré uno a uno, con propinas que saben a gloria…

De regreso a casa, entre miradas, palabras y caricias, respiré profundamente. Llegamos a ese punto en el que si dices «subes?» está de más. Y si dices «gracias» está de menos. Le rodeé el cuello con mis brazos mientras con las manos iba masajeando su cabeza, respirando el poco perfume que quedaba y las ganas que tenía de subir. Sólo le hice esperar un poco más, hasta que saqué del bolso las llaves, me giré y dejé que fuera él, quien decidiera qué quería hacer. No lo dudó. Me agarró fuertemente por la cintura y mientras empezaba a besarme el cuello peligrosamente, me empujó con las piernas al otro lado de la puerta. Cuando cruzas esa línea, ya sabes que no hay retorno. Pero, ¿acaso no estábamos los dos deseándolo?

Buscamos a la desesperada la cama, nos rodeamos con la ropa, sin miramiento la íbamos tirando a cualquier sitio, y de repente, el sonido que me resultaba tan familiar. El cabecero de la cama estaba dando con intensidad en la pared de mis vecinos que seguramente, escuchaban sonrientes mis hazañas amatorias.
Perdí el control, las buenas intenciones y los pretextos enjuiciados. Era él quien me había devuelto de nuevo a la vida, a esas ganas de amar intensamente con pasión. No había momento del día que no quisiera dejarme llevar por él.

Nos besábamos uniendo nuestras bocas, devorando nuestras ganas, jugando con las lenguas, mordisqueando los labios, lamiendo con suavidad el interior de las orejas del otro, susurrándonos al oído lo que ya era un grito a voces. Romanticismo camuflado entre las sábanas y pasión rebosante por los costados de la cama. Como tu y yo. Sin horas, sin tiempo, con intensidad.
Y ya te lo dije en aquel lugar al que me perdiste aquella tarde a contemplar la ciudad a nuestros pies: «de ti depende y de mí que entre los dos siga siendo ayer noche hoy por la mañana.»

Sin etiquetas. Sin colorantes ni conservantes. En estado puro. Así somos. En esto nos hemos convertido. Y si hay que llamarlo de alguna forma, no te preocupes, llámalo X.

 

Fuente diariodelostaconesrojos