octubre 19

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Besa y Calla

La mente ardiente y la sonrisa fresca. Y un poco de hielo para jugar con tu cuerpo
Nada mejor para despejar la mente de un agotador día de trabajo que unas copas en una terraza de verano, con vistas al piso de «nunca jamás», con la mente en su cuerpo y mi cuerpo en su cama. A pesar de que la conversación se tornaba interesante, sólo podía pensar en sus palabras hacía escasos minutos, que habían producido en mi un tremendo remolino, un terremoto de sensaciones de esas que hacen historia, de esas que te dejan la boca abierta, de esas que fabrican puntos suspensivos, de esas que hacen que mires el reloj con insistencia para que el príncipe encantado, se convierta en lobo. Porque no nos engañemos, la historia de caperucita, sin el lobo, no hay cuento que valga.Muchas veces brindas y lo haces por inercia. Como cuando una de ellas, a dos semanas de casarse, feliz y enamorada con el chico de toda la vida, confesaba que sentía que era el mejor momento de su vida. Si la ironía me lo hubiera permitido, le habría preguntado cómo es posible que sólo conociendo a un solo hombre, pudiera decir que era el de su vida con tanta certeza, cuando una, ha tenido unos cuantos en su «haber sentimental» y afortunada me siento de haber encontrado a todos los que han ocupado mis días y disfrutado mis noches. ¿Eso de las medias naranjas existen? Porque al ver a algunas parejas, o cupido tiene muy mala puntería, o se ha quedado ciego. O es que Dios los cría y ellos se juntan. O ellas se lo pagan. O ellos se dejan. Ahora, con los tiempos que corren, vete tu a saber por qué esa parejas tan increíbles y esas creíblemente subrealistas relaciones. Afortunadamente, mientras existan, podremos entretenernos. Sin duda. Muchísimo.

Bendito verano que da para escribir cientos de historias. Será porque yo creo en los romances de verano. Romances de esos de poca ropa y muchas expectativas sofocadas a golpe de copa y cama. De esos que sabes que no llegarán a Septiembre pero que te llenan de estrellas las largas madrugadas. Pasatiempos con los que gozar del tiempo perdido, de la inocencia que se quedó ahogada en un vaso sin hielos y de las palabras que se dicen camufladas, medio en broma, medio en serio, por si acaso se leen. Y las hay que caen a conciencia y las que inconscientemente caen. Si no fuera por ese toque mágico del verano, de esos amores que ya sabemos con fecha de caducidad, tan calientes como el termómetro, de tan poca ropa como decencia, tan pasional como lo permita la arena de la playa. Allí estaban todas esperando a que algún camarero de turno terminara su tarea y le pusiera lo que estaba esperando desde que había llegado a aquella terraza. Horas extras a liquidar en el baño más cercano. Se les notaba en la cara. Necesitadas de amar, vendían por kilos sus plegarias a la penitencia más cercana, sin importar el pecado. La cuestión era actuar.

Cogí mi copa, me acerqué al filo de la terraza y saqué mi móvil para inmortalizar el mágico momento de la puesta de sol. Le di un trago y bajé la vista a la calle, a los diminutos coches que se paseaban bajo mis pies, a los transeúntes que buscando su destino caminaban sin parar. Semáforos en rojo, personas en verde, situaciones en ámbar. Un mensaje, una sonrisa. Rocé con la punta del tacón el gemelo izquierdo. Era una señal. Y es que no hay nada más seductor que un mensaje en forma de fotografía desde el otro lado. Le echaba de menos. Ese era mi secreto. Aunque mi sonrisa me delataba. Mensajes que van. Masajes que vienen. Palabras que aún siguen rezumando por mi cuerpo, como si todavía lo tuviera detrás de mí. Como si todavía sintiera su olor, su respiración en mi nuca, su transpiración en mi cuerpo. Podría decir mucho más, pero es mejor decir mucho menos y actuar. Y en eso él, era todo un maestro.

Tras escuchar baratas historias de amor que poco durarían, quejas incesantes de los que se sienten atados a relaciones que no dejan más por pereza que por ganas, la que se iba devorando a cachitos al camarero cachas que nos servía las copas y a la feliz novia que desprendía ilusión en cada sorbo, decidí marcharme a proseguir con mi propia historia, esa que se escribe cada día, con sudor y besos, con intenciones y deseos. Esa que me provoca hasta la madrugada, de loca inconsciencia. Me despedí de ellas, que iban a proseguir la noche por otros locales más oscuros, llenos de invitaciones con pasiones en la recámara y de pasatiempos camuflados en alcohol y en combinados varios. Retoque de carmín, escotes pronunciados y piernas expectantes de invitados.

La calle estaba habitada de ladrones de soledades, de ocupadores profesionales de tiempos perdidos, de copas que incitan a marcar las horas del reloj a golpe de cadera.
Era verle y mi mundo se transformaba. Era cruzar miradas en la oscuridad y encenderme, iluminar los dos a base de gemidos, los deseos que pudiéramos contener allí mismo, dos huracanes explotando. Esa chispa que me prendía para dejarme incandescente toda la noche. Lo sabíamos. El resto del mundo nos envidiaba, y nosotros olvidábamos al mundo.
Aquella noche, humedecí mis labios con la punta de la lengua, él se desnudó rápidamente, yo ya estaba tumbada en la cama, mirando el techo. De repente vi su flequillo asomar y sabía que iba a empezar el espectáculo de gemidos y susurros, de pasiones y desbocados cuerpos que se unían al azar. Le notaba tan pasional, tan desconcertante, tan hombre… Sí, esa era la palabra. Un hombre con mayúsculas. De los que no te hacen convertirte en princesa, de esas de los cuentos que esperan pacientes a que sus príncipes vengan a rescatarlas. Él venía a recogerme para llevarme allí, al lugar, a nuestro rincón. Si tuviera que relatar todas y cada una de las cosas que nos hacemos, las mentes más puritanas que nos leen se escandalizarían, por envidia, que yo lo se, porque esa lengua viperina sólo les sirve para anhelar, porque el placer está en yacer sobre esas sábanas, gimiendo entre esas cuatro pareces, sudando sin parar, pidiéndote que no pares, que goces de mí. Atraparme entre tus piernas y no me sueltes, que esa cintura es mía.
-Quiero que me susurres al oído-dijo en voz alta.
-Te voy a gritar lo que quiero-contesté mientras le clavaba las uñas en su espalda.
-Dímelo y te lo daré. Me encanta verte disfrutar-me besaba por el cuello, por el pecho, iba deteniéndose por cada poro, bajando por mi vientre mientras una sonrisa tonta se instalaba en mi boca.-¡Dímelo!-repitió de nuevo impaciente, a le espera de que le dijera lo que los dos pensábamos, lo que los dos queríamos que él hiciera y yo deseaba que llevara su lengua.
-Besa y calla-le espeté. Y cerré los ojos.
Suspiré. La música, la habitación, la cama. Su cuerpo y el mío. Los dos. Uno solo. Y un mensaje. ¿Sí? ¿Quieres ser mío? Pues vamos a ir poniendo unas normas. Unas veces dominaré yo y otras… Y otras ya veremos.