noviembre 08

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Relato erótico: Dear love, It’s over…

Demasiado darlo todo, sin saber qué es lo que damos

tacones+over

Cuando ahí fuera el termómetro marca 32º a la sombra, es normal que ciertas cosas empiecen a derretirse. Como algunas relaciones que llevan demasiado tiempo sosteniendose sobre vulgares propósitos de felicidad futura. Relaciones que se esconden tras mensajes bajo las sábanas, post-it fosforescentes con forma de tentación sobre la mesa de trabajo cuando creemos que nadie nos escucha, o fotografías sobre la estantería que nos recuerdan que el pasado puede estar más cerca de lo que nos gustaría.

Mientras me miraba en el espejo para ponerme más rimmel en mis largas pestañas, saltó un mensaje en el ordenador que me hizo abrir más los ojos, y no sólo porque literalmente lo estaba haciendo para que mi mirada sedujera a los trovadores modernos de bigote recién peinado, sino porque cuando una lee determinadas palabras, sólo puede hacer dos cosas: o mirar con detenimiento lo que supuestamente se esconde tras ese jeroglífico de letras indirectas, o sonreír al comprobar que el mundo continúa confundiendo amor con necesidad, pasión con atadura, libertad con pasearse de cama en cama con intenciones calenturientas de los que sólo son caballeros de título pero no de renombre.

Lo que callamos muchas veces no es precisamente lo que nos gustaría decir, sino que aún sabiendo que los demás lo saben, prefieres que sea la casualidad la que les encuentre, con los ojos cerrados, como prefieren vivir la realidad. No hay más que ver. Y ver para creer. Pero aún viendo y creyendo, es más fácil imaginar lo que uno quiere que sea.

Y es que mientras seguía revisando esas curiosas imágenes, esas palabras dedicadas desde el más profundo de los resentimientos que el ser humano saca cuando se sabe perdido de todas las batallas que el amor puede librar, sonreía. Porque en media hora vendría a buscarme y a perderme a ese lugar donde quieres que te encuentren mirando al cielo y con los labios llenos de besos.

Sinceramente, las relaciones hoy día son mucho más complicadas de lo que podrían ser en antaño. Y no hay más que ver la cantidad de imágenes amorosas de parejas que dicen quererse, de amores eternos que duran un verano, de relaciones que han llegado al hastío pero que cuesta más eliminar del facebook que de tu vida. Y eso es así. Porque nos empeñamos en proclamar a los cuatro vientos lo felices que nos ha hecho el destino al toparnos con el amor de nuestra vida (otra vez), después de un ciento de relaciones fallidas, de príncipes que resultaron ser brujos de barita mágica y palabras envenenadas al oído cuando la princesa se encontraba llorando en un reino de malvados. Desde luego que es complicado, cuando sabes la verdadera historia de muchos de ellos, no sorprenderte y comprender que en ocasiones exponemos demasiado al decir que «nuestro rey» no tiene princesas en más castillos, o cuando con idílicas postales fotográficas vendemos paraísos artificiales que con máscaras y filtros hacemos casi eróticas. Lo se, hay veces que es la mejor forma de creernos nuestro propio cuento, aunque el de algunas hiciese ya mucho tiempo que se terminó. Los puntos suspensivos no los borró él, querida, los borré yo, al saber que el letrado de letras copiadas no era más que un funambulista perdido en mitad de la nada. Quizás tu cuento ya sabes cómo acaba. Quizás tu cuento ya ha acabado. O quizás sigues pagando por tener tu propio cuento sin príncipe, pero hay compañías que van acompañadas de relaciones a crédito, con plazos que vencen cuando encuentren a otra princesa o cortesana que les mantenga.

El brillo de labios siempre hace más apetecibles esos labios que todos quieren besar. Como cuando el estómago se nos llena de mariposas al pensar, ¿será este el momento? ¿tiene tantas ganas como yo? ¿el brillo de su mirada significa algo? ¡Qué bonito es volver a revivir esas primeras fases del enamoramiento! Y qué envidia despierta entre los que aún teniendo una relación de años, se ven inmersos en esa cruel rutina que atosiga amores libres que nunca debieron ser. Porque cuando inmundas la red de historias, de mensajes de fotografías que son capaces de contar lo que de otro modo no seríamos capaces, una vez que se termina, ¿dónde meter todo eso? ¿cómo borrar de un plumazo nuestra felicidad que ha estado ahí expuesta en el muro durante tanto tiempo? Es como reincidir, una vez más, que ya todo ha terminado. Y ahí llega la cruenta guerra que libran los carcomidos corazones: indirectas en forma de canciones, de mensajes sin certificado pero con destinatario directo, donde cualquier interpretación nada tiene que ver con la realidad ahí expuesta.

Un poco de colorete en mis mejillas no vendría nada mal. Aunque se que cuando le vea no me hará falta, porque adquieren un tono sonrosado, digno del archiconocido «orgasm de Nars» que las fashionistas más avispadas conocerán de sobra y que tendrán en su tocador. Tocador. Curioso nombre sin duda, porque ahí, el otro día, tras el masaje que me dio por la espalda, tras esos besos que recorrieron cada vértebra de mi columna, me desgastó el cuello, mientras de soslayo miraba el espejo, donde dos personas, él y yo, yo y él, nos deshacíamos en pedazos. Un espejo que reflejaba lo que supone que siempre debería estar presente, esa llama incombustible que no para de humear cuando los cuerpos se juntan. Todo tu y toda yo. Y esas manos recorriendo mi cuerpo. No más, que me pierdo. No más que me encuentras.

Otro mensaje entró cuando estaba dejando sutilmente sobre mis muñecas el perfume que se que le hace derretirse. Esta vez otra de mis amigas me confesaba que necesitaba urgentemente dejar la relación, pero no sabía cómo hacerlo. Había conocido a otro que le había llenado el estómago de viajes en barco a puertos donde atracan los ladrones de besos de las mujeres insatisfechas con sus gañanes del otro lado de la cama. Sonreí. Ella también había dejado curiosas imágenes que gritaban a los cuatro puntos cardinales que se sentía con el hombre con el que había estado casi toda su vida, la mujer más dichosa del mundo. Va a tener razón el conejo blanco de Alícia en el país de las maravillas al decirle que para siempre, a veces, es solo un segundo. Sí, ese instante en el que nos bajamos de esos tacones maravillosos que nos hacen caminar con más garbo, que nos hacen sonreír y ver la vida desde otra perspectiva. Y hace que esos besos tengan un sabor especial. Lo se, los mejores se dan en horizontal, donde no hay alturas que valgan.

Nos empeñamos en gritar sin miramiento que «lo nuestro es para toda la vida» sin darnos cuenta de que la vida es un continuo cambio que dirección, que hace que nos perdamos por caminos prohibidos, que aparquemos en la primera gasolinera que encontremos para repostar las ganas que nos tenemos y proseguir por esas curvas peligrosas en las que me coges de la mano y me susurras por encima de la música que eres feliz. En ocasiones, con eso, es suficiente.

Miré el reloj. En cuestión de cinco minutos estaría aquí. Y me hacía gracia comprobar esa peculiaridad que posee el tiempo. Cinco minutos para mí supondría una eternidad mientras le esperaba con esos zapatos que se que tanto le gustan, con ese cambio de look del que seguro que se da cuenta y mientras pienso a qué lugar me llevará para sorprenderme, termino las conversaciones parpadeantes que tengo justo delante de mí, de mis amigas que darían lo que fuera porque el tiempo pasara rápidamente y esa tarde al lado de esos amores ya caducos, se transformaran en relojes parados al lado de sus futuros amantes. Ya os llegará la hora chicas. En ocasiones, de un plumazo se puede borrar lo que otros han visto, pero no lo que hemos vivido.

Esta vez sí. Ya está aquí. Sonrío. Me despido de ellas. Estoy nerviosa. Otra vez. Siempre me pasa lo mismo aunque intente disimularlo. Deberían vender algo para guardar estos momentos para siempre. Aún sabiendo que a veces ese «para siempre» solo dura un rato. Porque ellas deberían terminar lo que ya no tienen, para empezar lo que anhelan. Y si yo, fui capaz de dejar a todas esas letras pasadas atrás y vivir con ilusión el comienzo por ese plan «A», esa letra que me está esperando ahora, se que cualquiera de vosotras puede lograrlo. Palabra de T.

Fuente diariodelostaconesrojos