Relato erótico: La caperucita de los Tacones Rojos

-Si tú supieras, Y yo quisiera. 
-Si tú quisieras. Y yo me dejara…

Aquella tarde había decidido cometer una locura. Había decidido abrir mi portátil, escuchar una canción de Lana del Rey y ponerme una gran taza de café. Eso sí, descafeinado, que las locuras hay que hacerlas, pero con cabeza.Hay días que dices: «podría ponerme el mejor vestido que tengo en el armario, los tacones más elegantes, unos labios dispuestos a besar las más dulces mentiras y una manos con ganas de acariciar las traiciones más  esperadas que al final, todos los hombres pensarán que eres el más esperado trofeo conquistado de entre sus conquistas de un sábado cualquiera con varias copas de más y unas cuantas neuronas de menos». Te das cuenta de que en todo este juego del cortejo, todos piensan en ponerse sus mejores marcas encima, peinarse con intención de despeinarse, sacar lo mejor de su currículum y camuflar con algo de maquillaje esas heridas del corazón que tanto tiempo tardan en cicatrizar, incluyendo algo que nos haga destacar del resto. Me sorprende, sinceramente, ver cómo a pesar de los pesares, tanto hombres como mujeres continúan su ardua tarea, pero yo me pregunto, ¿para qué?Había quedado con él hacía un par de días. El simple hecho de recordar todo otra vez me producía  notar que el corazón se volvía a acelerar de nuevo.
Me sorprendió llevándome a un japonés a comer sushi. Me encanta el maki en cualquiera de sus variantes. Y allí, todo tan blanco, con esas mesitas tan pequeñas, rozándonos con las rodillas, con conversaciones que se hacían interminables, copas que van, copas que vienen y risas que quizás eran lo de menos, empecé a comprender el por qué nos aventuramos muchas veces a cometer esas locuras: «Por esa sensación del principio» en la que no sabes cómo va a continuar la historia después. Y es que quizás, la vida es una gran aventura en la que, o te subes sobre los tacones y te dispones a recorrerla sin miedo, o te pierdes todo aquello bueno que puede ofrecerte.

Aquel día había nevado. La ciudad presentaba un aspecto de película con dos actores muy expectantes. Como decía Groucho Marx: «He disfrutado mucho con esta obra de teatro, especialmente en el descanso». Posiblemente, así es la vida. Paseamos cogidos de la mano dejando a un lado lo que podría volver a pasar, con intermitencias luminosas que en ocasiones nos decían que debíamos parar, otras veces nos empujaban a mirarnos y sonreír tímidamente, como dos adolescentes que vuelan en busca de un lugar donde esconderse del mundo, donde el mundo no les encuentre, donde dejen rienda suelta a sus pasiones, a sus amores, a una imaginación de dos escritores que quieren escribir su novela perfecta.

Y llega ese momento que esperamos cuando se termina el día, cuando comienza la madrugada. Empezamos a hablar de libros y cuando saqué las llaves del bolso me rodeó con sus brazos, arropada con promesas, palabras, incertidumbre y susurros al oído que hacen temblar a las piernas más valientes. Y sus labios se rozan con los míos, se humedecen con una lengua impaciente por entrar y fundirse con la mía. Un corazón desbocado sin rumbo que late a la par. Un olor. Una sonrisa. YSL L’Homme Libre. Otra sonrisa. Recuerdos. Pasado. Presente. Me retira el pelo de la cara y lo pone con esmero detrás de la oreja. Roza sutilmente la yema de sus dedos por mis   cálidos labios. «A menudo los labios más impacientes no tienen prisa dos besos después». Sabina, le doy la razón. El tiempo se detiene. Empieza a llover. Sonrío de nuevo. ¿Mañana nos vemos otra vez? Asiento con la cabeza mientras me besa. No quiere soltarme. «Estaría toda la noche besándote, besas muy bien». Me sonrojo. No lo nota. Es de noche. La farola alumbra a dos almas perdidas que se habían encontrado mientras jugaban a perderse.
«Hueles muy bien. Ese es tu olor. Ese eres tu». Me mira. Su barba me roza la nariz. Mis manos y las suyas se juntan de nuevo. Suspiro.

Abro la puerta. El último beso de la noche. «Que sean el principio de muchos». «Hasta mañana». Llego a la cama. Me siento. Me descalzo. Mis tacones me hacen bajarme y aterrizar en otra realidad, en la que viven el resto de los humanos. Un mensaje. Impaciencia. Sonrisa. Duermo con la felicidad de que al menos, ese día, no ha sido un día más.

Por eso nos aventuramos. Por eso decidimos cometer locuras, bailar bajo la lluvia, sonreír como si no hubiera mañana, besar como si fuera el primer hombre de tu vida, suspirar dejando atrás los miedos, pisando con garbo. «Cierro los ojos y todavía puedo olerte, como si estuvieras aquí».

Y es que la caperucita de los tacones rojos sin saber cómo ni por qué, había vuelto a ilusionarse, aún sabiendo que era una locura. Miraba sus relucientes tacones, su abriguito rojo, el perfume que había decidido usar aquel día y por último, el techo blanco, del que parecían colgar mil palabras. Pensamientos que volaban sobre su cabeza a la velocidad de la luz. Alguien. Un alguien por el que mirar el móvil y ver un mensaje suyo era una de sus aficiones favoritas. Buscar canciones para dedicárselas de forma camuflada. Planear lugares a los que ir. Decirse cosas sin decirlas.
En el fondo ya sabemos lo que es, lo que hay. Pero, ¿y si por una vez, dejamos que la vida fluya y disfrutamos, sin más?

El miedo. La incertidumbre. Esas palabras que aparecen cuando quieren aferrarte a algo por encima de todas las cosas. Lo mejor es no acostumbrarse a nada ni a nadie, para que nadie ni nada te haga falta. Porque descubres un profundo vacío cuando desaparece, pero te das cuenta de que otros pueden aparecer para devolverte esperanza donde pensabas que no había nada.
Y es que prefiero haber olido una vez su perfume, un beso de sus labios, una caricia de su mano, o una conversación de madrugada hasta quedarme dormida, que toda una eternidad sin haber sentido lo que he sentido.

Como decía el Marqués de Sade: ¿Y qué necesidad hay de sentirse encadenado a otras sensaciones distintas a las del placer? En el mundo no hay nada que el amor no haga olvidar.

Fuente diariodelostaconesrojos