diciembre 01

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Relato erótico: Coitus Interruptus

Iba a llamar al timbre, pero un hombre de mediana edad en la puerta, me sonrió. Me dijo que si quería, me abría y le agradecí su amable gesto

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Se quedó mirándome unos instantes y mientras me dejaba que entrara, noté como una sonrisa de esas que dicen muchas cosas, de esos pensamientos retorcidos que en ocasiones nos asaltan de repente, se clavaba en mi espalda. Me dieron ganas de volverme y decirle que lo que estaba pensando era lo que iba a hacer, pero me dirigí lo más rápida que pude al ascensor, para evitar que alguien me viera. Le di un par de golpecitos con impaciencia al botón que había situado en el número 6 y quise que se cerraran pronto las puertas.

Mientras iba subiendo no paraba de repetirme en mi cabeza mil cosas, iba arrepintiéndome y a la vez con ganas de llegar de una vez. Era una dicotomía que empezaba a fascinarme, porque iba imaginandome en la cabeza todo lo que íbamos a hacer, todo lo que queríamos hacer realidad, todo lo que habíamos hablado la noche anterior y que por el móvil, de madrugada, susurrándome al oído, sonaba tan tentador.Llamé al timbre y me abrió. Su cara era una mezcla entre «te estaba esperando» y «por fin vamos a hacerlo otra vez». Y la mía era la de «empieza a desnudarte, que no perdamos tiempo». Una vez dentro iba quitándome la ropa y la iba dejando sobre la silla. Él me seguía algo mas lento. El reloj jugaba en nuestra contra. Me metí en la ducha y él me miraba. Yo estaba completamente desnuda y él todavía se decidía sobre en qué momento podría desprenderse de los slip que llevaba. Ya los había visto en muchas ocasiones. Le insistí en que no tardara y nos metimos los dos debajo del agua.

Solo notar el roce de nuestros cuerpos, el agua caliente recorriéndonos, el olor a jabón y unas manos traviesas tocando la espalda. Nos miramos. Nos besamos. Nos arrimamos tanto que al agua le costaba encontrar nuevos caminos para bajar. Recuerdo con tal nitidez todas y cada una de las cosas que hicimos que se me vuelve a acelerar el corazón.
Me pasó una toalla y nos fuimos a la cama. Allí, nos tumbamos y como si no hubiera mañana, nos besamos apasionadamente. Me puse encima, luego se puso de lado. Luego yo quedé debajo, sus manos me agarraban con fuerza, mis piernas se aferraron con ímpetu. Los muelles de la cama sonaban en la pequeña habitación. Los gemidos que salían de nuestra garganta acompañaban el sonido de esos instantes.

Le mordí con brusquedad en el hombro. No quería que parara. Pero de repente, sonó el teléfono. Le pedí que no lo cogiera. Pero al segundo sonó el mio. Ya no nos podíamos concentrar. Cuando los teléfonos pararon, continuamos con lo que estábamos haciendo. La vela de la habitación bailaba a nuestro compás. Pero de nuevo los teléfonos se pusieron de acuerdo y tiramos de las sábanas. Fuimos corriendo a nuestros respectivos y vimos que eran las alarmas. Debíamos salir de allí cada uno a su respectivo trabajo.

A propósito de todas las enmiendas que nos habíamos planteado, llega un día en la vida de toda persona que se pregunta si realmente tendremos remedio o por el contrario, seremos un caso perdido.

Estaba en la cama cuando mientras escuchaba una canción, llamó a mi móvil. Cierto era que pensaba en él en ese preciso instante, pero me resultó curioso. A lo largo de la conversación sus palabras eran cariñosas, tiernas, llenas de un misticismo que me hizo creer que quizás, ese hombre se había enamorado. ¿Pero esos hombres son capaces de enamorarse? Si tienen lo que realmente se supone que quieren los hombres, ¿deben implicarse emocionalmente? Yo desde el principio no quise, porque sabía que esas cosas suelen tener los días contados, pero me estaba dando muestras para que pensara lo contrario.

A los pocos minutos estaba él en la puerta de mi casa. Le invité a pasar. No habló, simplemente se dirigió al dormitorio y se tumbó en mi cama. Yo cerré y me acosté a su lado. Entonces me pidió que le abrazara fuertemente, algo que hice con todo el amor que pude.
Los dos nos dormimos, sin necesidad de nada mas. Aunque antes de cerrar los ojos y tras lo que me había ocurrido, recapacité.

El Coitus Interruptus no era ir marcha atrás, no era dejar las cosas en el último momento antes de que vayan a más o por el contrario se terminen antes de tiempo. Tampoco era lo que los demás pensaran o las veces que nos interrupían cuando nos mirabamos y saltaban chispas de nuestros ojos. Nuestro coitus interruptus había sido no saber en qué punto nos encontrábamos, al menos, yo creía tener claro dónde estaba, pero él, parecía no querer darse cuenta de que no eramos ni una cosa ni la otra. Simplemente, hablamos de dos personas con necesidades que se sienten bien. Y lo demás, no importa.

Sexo. Amor. Mentiras. Dudas. ¿No es siempre la misma historia con diferentes protagonistas?

Y al despertar estaba allí. Yo, que tantas veces había dicho eso de «nunca…» encontré que siempre hay un «en algún momento…». No íbamos a engañarnos. Pero hay algunas mentiras que son tan deliciosas que sientan bien antes de cometer una locura… O una vez que ya la has cometido.