Gatos, Tríos y Porno

“¿Qué diferencia hay entre erótico y mal gusto?
Erótico es cuando se utiliza una pluma.
Mal gusto es cuando se utiliza todo el pollo”
trioEs algo que siempre me ha llamado la atención, lo reconozco. No se por qué extraña manera, o por qué razón de ser, llega un momento en la vida en el que te preguntas por qué, y esa propia curiosidad te incita a descubrir un mundo totalmente desconocido, que para algunos, se vuelve ya como un miembro más de la familia. Se esconde bajo la cama, incluso a veces, en el armario entre la ropa, o entre libros, como si fuera uno más. Y los clásicos de toda la vida, los que lo dejan en la mesita de noche para tenerlo más a mano. Estoy hablando del porno y ese clásico que ha desaparecido casi del hogar de cualquier amante vintage que se precie, de las fotografías a todo color, de esas mujeres escasas de lencería, que con ojos vigorosos y poses muy naturales, te invitan a pasar de página con una sola mano. Ahora, que las nuevas tecnologías nos invaden y que podemos acceder con mucha más facilidad, sin necesidad de escondernos.
No sería la primera vez que alguien invierte un “Extra” de su sueldo en alguna joven que le alegre sus días amargos de quehaceres hogareños, entre niños, mujer y rutina. Es increíble lo que el porno aporta a la vida de algunas personas. Algunos lo añaden a “favoritos” y prosiguen su vida. Y no digo que las mujeres no lo usen, que quizás, hay días que a algunas les apetece un concierto de gemido bajo un solo dedo. Pero como ya les comenté en un post anterior, a las mujeres no nos excita un hombre desnudo (ni el mismísimo David de Miguel Ángel) o el fornido futbolista de turno. No nos vamos a engañar, el físico nos tiene que atraer, pero con el paso del tiempo, de las citas, o de los años, empiezas a fijarte en otras muchas cosas, que son las que le ponen la guinda al pastel.

Porno… Algunos se alimentan de él, porque no tienen nada mejor que llevarse a la boca. Literalmente. Y otros, porque siempre será mejor tener ese momento de intimidad (en el baño, en el sofá o la cama) donde eres espectador de lujo para ver desde una mejor perspectiva ángulos que de otro modo sería muy complicado disfrutar.

Os recomiendo que si podéis hacer una escapada a Barcelona, visitéis Museu de l’erótica de Barcelona. Desde los comienzos del porno hasta el Kamasutra más primitivo, con figurillas representando posturas que a más de uno le iba a dar quebraderos de cabeza.

No es igual, lo se, pero hablándolo con mi amiga esta mañana, cuando vemos (o consumimos) porno… ¿Podemos decir que hemos formado parte de un trío? Lo he hablado con muchos hombres, y con mi chico también y parece ser que un trio (Chicas 2- Hombres 1) es una de las fantasías más recurrentes que tienen la gran mayoría. No lo voy a negar. Tener de todo por duplicado seguro que les gusta mucho, pero… ¿serían capaces? He escuchado casi de todo al respecto: “me lo hice con dos rubias guapísimas”, “mi novia estaba encantada cuando terminamos”, “no sabía por donde empezar ni por donde meter mano”, “al final terminamos los tres jugando en la cama a la cartas”… En la vida real, (y si no, que le pregunten a uno que yo me se), las cosas no pasan como tienes planeadas que pasen. Allí no hay un guión ni un director que le diga a cada uno dónde ni como se tiene que poner. Y aunque algunos me hayan dicho “al final todo sale solo”, la realidad evidencia que es mejor dejarlo en una fantasía. Porque, ¿Quién ha dicho que no se puede hacer un trío perfectamente con la mente? No sería el primero ni el único que mientras está con una mujer en la cama (con el apellido que sea) está pensando en otra de otro nombre.

Un trío son tres (al mismo tiempo, se sobreentiende), aunque algunos formen parte de alguno sin saberlo (o lo saben pero no quieren reconocerlo) y aunque en un principio suena o aparenta ser una divertida sesión entre sábanas, quizás, sea mejor verlo en alguna película de esas que se ven en cualquier portal de vídeos x de internet. También reconozco, que hay algunos tríos en los que formas parte sin enterarte. Como cuando tienes unos 19 años y te vas de fiesta con las amigas y terminan en la habitación una de tus amigas y el chico que acaba de conocer, amigo de la otra, en la cama de al lado. No puedes dormir, tampoco puedes darte la vuelta (por aquello de no interrumpir la sesión) pero escuchas perfectamente los gemidos, los ruidos… a las tantas de la madrugada, los sentidos se agudizan y el del oído aún más. Y esos jadeos, su voz susurrándole al oído que se lo va a comer todo (quería re-cena), cómo sus manos iban recorriendo el cuerpo del otro o los besos profundos en cualquier parte del cuerpo. La respiración se les entrecortaba y cuando él se subió encima de ella, los muelles de la cama empezaron a sonar, con ese ruido que se iba acelerando cada vez más y más, mezclándose con la respiración de ambos. Él debió taparle la boca a ella, porque llegó un momento en el que sólo se escuchaban los muelles roncos y el sonido de dos cuerpos chocando. Fue el trío más directo en el que participé. Sin mirar. Sin entrar.

Pero no, no siempre he sido espectadora de un trío así, tan curioso. Reconozco que una vez yo fui la observada. Corrían años de juventud, de no tener casa donde resguardarse entre sábanas y hormonas desatadas, y una se iba donde el novio de turno le invitaba, con coche aparcado de cristales empañados, con marchas y palancas que ocupaban lugares de difícil acceso, donde una volaba con una imaginación que luego no le llevaba a ningún sitio. Corrían años de desenfreno y de altas expectativas por comprobar y comparar si lo que decían las revistas, o las amigas más aventajadas habían confesado sentir, era igual. Y con manos inexpertas, siguiendo los caminos que en las películas que habían visto, intentando emular a actores de dilatada experiencia y haciendo uso y recomendaciones de los amigos que aconsejan, sus manos empezaron a colocarse tímidamente en la rodilla, su boca quería fundirse con la mía y sus ganas, se notaban a kilómetros de distancia.

Quizás, cuando una está tan ocupada en sentir lo que le habían dicho que se sentía, en ese momento en el que una pierden la noción del tiempo, de la razón y la vergüenza, apareció de la nada un gran gato naranja que se posó sobre el capó del coche. Sigiloso, con sus dos focos alumbrando aquella escena, quería ver cómo los dos jóvenes que allí estábamos, llegábamos a alguna parte o no íbamos a ningún sitio. El gato se fue y con él, las ganas de proseguir con nuestro empeño. Y allí dejamos aparcados para siempre las ganas de seguir, de continuar. Él se apañó con las películas que les habían recomendado. Y yo… yo continuaba escribiendo en mi diario, como siempre he hecho.En el fondo, a todos nos gusta mirar. Nos llama la curiosidad, la atención. Sabemos cómo va a terminar, hasta quizás, qué postura van a adoptar, si ella llegará al orgasmo en cinco segundos o tardará un poco más. Todos sabemos lo que hay, pero nos quedamos un rato más, sin poner el ratón sobre el botón, sin adelantar la escena. Con el mando en la mano esperando a que terminen, sin interrumpirles. Nos excitamos con ellos, deseamos como ellos, nos invitan sin decirlo a que les observemos sigilosamente tras el otro lado, tras los cristales, tras la pantalla o tras el tabique de la habitación. Cerramos los ojos y dejamos que las manos se apoderen de nuestro cuerpo. Volamos con la imaginación. No hacemos ruido, o como mucho, aportamos nuestros gemidos a su orquesta, con muelles de cama, movimientos de hojas pasar o altavoces bajitos que no delaten que estamos allí, como uno más, formando parte de ese trío. El silencio, ese secreto del que hablamos constantemente.

Entre sorbo y sorbo de vino, casi se me ha ido el día. Y aquí estamos. Vosotros y yo. Yo y vosotros. En este universo, donde mientras me leéis, formáis parte de este trío que forma mi ordenador, mis letras y yo. Un orgasmo grupal, una orgía en tacones dispuestos a calzarse. Subíos a mis pensamientos, que os llevo. Que cada rincón de tu cuerpo cuenta una historia. Y la mía también.

 

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