Fui a un club swinger con mi novia

Ante la idea preconcebida de que los clubes swingers están habitados por gente fea, vieja, personajes de libros de Houellebecq y rusos mafiosos con dientes de oro y armas, me llegó una recomendación que despertó mi curiosidad. swinger

Lo singular del caso es que dicha recomendación salió de mi propia pareja: ella había estado en un club hace unos años y me contó que había sido muy divertido. Este último fin de semana, estábamos bebiendo cerveza con amigos, y sobre las tres de la mañana me acerqué a su oído y le dije “Hoy es el día, vamos al swinger”.

Abandonamos el grupo sin dar explicaciones y nos subimos al coche. Conduje durante 20 kilómetros hasta encontrar una casa poco señalada en un barrio de la periferia de Barcelona, en la zona alta. Al llegar vimos salir a un tipo de unos 40 años, junto con dos mujeres, los tres muy arreglados en plan boda, lo cual me hizo dudar sobre si iba vestido acorde con la situación. Nada más al entrar las dudas sobre esto se disiparon: iba vestido como el culo. La chica que nos recibió nos explicó muy amablemente que no se podía ir en shorts, pero que “por ser la primera vez…”

Pagamos 50 euros para entrar, y eso incluía cuatro copas. Los hombres sólo pueden entrar con pareja, las mujeres pueden ir solas. Nos enseñaron todas las instalaciones, las cuales incluían una “disco” (plagada de gente en pelotas fajando), una zona de albercas (ahí no nos metimos, a mi pareja le daba un poco de cosa la idea de semen flotando), un par de habitaciones con camas gigantes, una zona de “cine” (porno, evidentemente) y una terraza. Las reglas son las siguientes: debes dejar todas tus pertenencias en una taquilla, donde te darán una toalla y unas chanclas para poder moverte libremente semidesnudo por el recinto. La pareja no debe separarse.

Después de hacer esto, beber un par de whiskys y observar todo a detalle intentando descifrar a la gente y el ambiente, decidimos meternos en una de las habitaciones. Tenía luz baja pero se podía ver, y había unas 20 personas cogiendo. Encontramos un hueco y nos dispusimos a echar un palo, el cual fue sumando adeptos rápidamente. Al cabo de unos pocos minutos éramos muchos. Todos pedían permiso para participar siguiendo las reglas de los clubes liberales: buscar aprobación, explícita o implícita. Y la regla de oro es que “no” significa no. Pero claro, una vez estás en esas, los “no” son bastante pocos. Un tipo buscó mi aprobación para penetrar a mi pareja haciendo un gesto inconfundible. Antes de que pudiera advertirlo sobre la necesidad imperiosa de utilizar un condón para llevar a cabo dicha tarea, él mismo me enseñó que tenía uno nuevo en la mano y que se disponía a colocárselo. Tras dar mi consentimiento no verbal el tipo se dispuso a cogerse a mi novia mientras ella me la mamaba, cosa que pareció gustarle bastante.

Luego nos perdimos un poco, yo me involucré con otras dos tipas que había por ahí, y mi compañera hizo lo suyo. Nos reencontramos en esa cama, que era más un templo hedonista que otra cosa, y comencé a comerle el coño mientras ella se comía el pito de otro tipo y muchas manos (muchas) la tocaban íntegramente. Esto también pareció disfrutarlo entusiasmada. Después de un potente orgasmo, se puso de pie, bebió más whisky, y habló con un tipo que le contó que él suele aguantar la eyaculación hasta el final de la noche pero que con ella había sido muy difícil. Yo escuchaba mientras recibía sexo oral de una absoluta desconocida.

Después de este auténtico round sexual nos tomamos un respiro en la terraza. Fumamos cigarrillos, hablamos con un sevillano que se manifestó en contra del catalanismo, lo dejamos ahí y volvimos a la acción. Esta vez en el cine, donde nos echamos un polvo junto con otra pareja. No intercambiamos palabra alguna, pero nos entendimos perfectamente gracias al international body language. Parte de la diversión es observar, y sobre todo, exhibirse.

Cuando este polvo terminó paseamos un poco más por el recinto y decidimos irnos. Volvimos contentos a casa, era ya de día. Seguíamos excitados, así que echamos un polvo más mientras fumábamos un porro y conversábamos sobre la experiencia. No estoy seguro de haberme cogido con gente a la que me sentiría atraído en otro contexto, sin embargo tampoco me causaron rechazo. Había personas jóvenes y gente más mayor, cuerpos atléticos y cuerpos devastados. En cualquier caso eso no es lo importante allí. Lo que prima en esta experiencia es la conexión estrictamente sexual entre humanos desconocidos. Y paralelamente, es la mejor forma de vencer los destructivos celos de pareja: hay que darle la vuelta y hacer que el deseo sexual ajeno juegue a tu favor. Si no puedes con ellos, ¡únete!

Fuente vice.com