Probé las bolas chinas, pero mi vagina no estuvo de acuerdo

Creo que todos podemos culpar a Cincuenta Sombras de Grey sobre nuestros conocimientos y conceptos erróneos acerca de las bolas de Ben-Wa (bolas chinas o bolas de Geisha) –o por lo menos yo puedo.

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Por mucho tiempo he sabido sobre su existencia –y es por eso que siempre me reía cuando Ben Wallace salía a la cancha durante un partido de la NBA, pero nunca me imaginé usándolas.

En caso de que no estén familiarizadas, las bolas de Ben-Wa tienen una docena de nombres diferentes: ejercitadores de Kegel, bolas de placer, bolas para ejercicio vaginal,  perlas vaginales, bolas orgásmicas y bolas del amor, por nombrar algunas. Existen desde que una cortesana japonesa llamada Rino-Tama descubrió sus placenteros beneficios y desde entonces tienen usos médicos y más traviesos, pero su popularidad despegó hasta que Christian Grey le dio un set a Anastasia en el primer libro de 50 Sombras.

Medicamente, se usan para fortalecer los músculos del piso pélvico, porque tienes que mantener apretada la vagina para que no se salgan. También existen versiones que están conectadas por un hilo (usualmente de silicón) y mientras jalas el cordón usas los músculos para mantenerlas adentro. Básicamente es una guerra de tira-jala con tu vagina.

También pueden ayudar con la incontinencia urinaria al igual que para endurecer a tu ‘chica’ después de dar a luz, ya que los músculos que trabajas con los Kegel también son los músculos que trabajas durante un orgasmo. Básicamente, músculos fuertes=clímax más fuerte.

¿Siguen conmigo? Bien.

Además del uso médico, el rumor dice que cuando usas las bolas Ben-Wa durante el día, la fricción y el movimiento que provocan desde adentro, en combinación con los ‘apretones’ de tus músculos, pueden provocar orgasmos o por lo menos un poco de placer. Naturalmente, tenía que probarlo por mí misma.

Mi primer reacción fue, “¡Whoa, están muy pesadas para ser bolas tan chiquitas!” pero me mantuve firme en mi decisión de usarlas en todo su potencial. Las lavé y las metí, una a la vez. Introducirlas a la altura que sentí adecuada fue un poco complicado, pero me imaginé que adentro es adentro, ¿verdad? Falso. Tan pronto como di un paso al costado, se cayeron al piso.

Sin inmutarme, trate de meterlas de nuevo mientras estaba acostada. Subí las caderas hacia el techo y les di una buena sacudida –con suerte si las movía más arriba, no se iban a salir. Me paré, asegurándome de contraer los músculos, después de todo, ¿ese era el reto no? después de un minuto de apretar seriamente –y de verdad digo seriamente, me di cuenta que me iba a ser imposible caminar, mucho menos pasar toda la noche apretando tanto la vagina –de hecho, la comencé a sentir dormida.

Comencé a relajarla lentamente, esperando que las bolas se salieran. Sorprendente, no pasó. ¡ÉXITO! Después de unos cuantos minutos, sentí que todo iba a estar bien, así que procedí a cambiarme para la cita que esa noche tenía con mi esposo.

Poco después, mi esposo entró al baño para terminar de arreglarse y fue ahí cuando sucedió.

Caminaba alrededor de él cuando una de las bolas se salió. ¡No sentí que pasara! (Para ser justos, mis músculos seguían recuperándose de la falta de oxígeno). La bola se cayó en nuestro piso de mosaico con un ‘THUD’ antes de que me diera cuenta qué sucedía.

Mi esposo y yo nos vimos a los ojos, mis mejillas no se pusieron 50 Sombras de Grey… sino 50 Sombras de Rojo. “Uh, ¿se acaba de caer eso de tu…?” mi esposo preguntó. Y tan pronto lo dijo, sentí como la otra bola escapaba a la libertad, aterrizando en el piso y rodando a su lugar de descanso a los pies de mi esposo.

¿Alguna vez han estado paradas en el baño con su pareja mientras dos bolas caen desde su falda? ¿No? ¿Sólo yo?

Ese fue el comienzo y el final de las bolas chinas. He aceptado que la combinación del peso de las bolas, su pequeño tamaño en conjunto con mi vagina después de dos hijos, nunca iba a resultar –hasta que dos semanas después salí y compré bolas de silicón de mejor tamaño que prometían hacer su trabajo con más eficiencia y, ya saben, menos caídas.

Sin embargo, mi orgullo aun no me permite probarlas. Y el sonido de las bolas de acero al caer en mosaico quedará por siempre en mis oídos.

Fuente actitudfem.com