Relato erótico: Mis mejores confesiones genitales

Ya no me aterro. No parpadeo al escuchar que mi gran amigo Víctor perdió su virginidad a los once años

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Autora: María Paz Ruiz

Yo, que pensaba que con once años ni siquiera los hombres estaban listos para algo más que para orinar. Víctor, que vivía en una casa de barrio popular, con menos camas que habitantes, todos ellos amontonados sobre colchones prestados, pero con puestos fijos, tuvo que dormir desde los cinco años con una tía que le llevaba quince, y que empezó a insinuársele con ocho, a mostrarle su cuerpo de hembrita loca, sus dolores menstruales y sus ganas de folleteo. Cuando él me lo cuenta no siento que esté arrepentido, ni mucho menos molesto por haber sido pervertido por su tía. Ama a las mujeres, se convirtió en padre precoz y en un amante instruido; y todo está ordenado sin etiquetas de drama en su cabeza.

Tampoco destapo mis ojos cuando mi amigo Felipe, trabajador encorbatado y talento reconocido de un banco, me revela que ha terminado en un armario viendo cómo su novia cocainómana reescribía el kamasutra con un amante que entre ambos decidieron llamar a escondidas. Lo imagino en ese armario, mirando por el agujero vertical de la puerta cómo la rubia con pinta de Barbie falsa hacía el amor con el tipo, boca arriba, boca abajo, boca de lado y de pie, siguiendo un guión que había escrito con su novio. Felipe, a quien siempre consideré un hombre miedoso. Tal vez por su mismo miedo fue él quien terminó en el armario. Viendo lo que la otra hacía, e imaginando lo que podría hacer a sus espaldas.

Claro está que la Barbie falsa tenía esa mirada colgada que erizaba los pelos, y no me sorprendió enterarme que también disfrutaba con las mujeres. Hasta es posible que me haya tirado los perros, los gatos y los jabalíes y yo, que voy de reportera por la vida, intentando que me cuenten cosas que a mí nunca me van a ocurrir, no me diera cuenta en ese momento, pero mi recuerdo me dicta que la mujer me masajeó con ganas una mañana y poco le faltó para meterme mano; pero no era mi día para estrenarme como bisexual.

Mi madrina de boda sí que es bisexual. Pero solo lo sabe mi marido. Esto, que parece incomprensible, ha sido la metedura de pata más clara que cometió Nina. Yo la quise desde que la conocí en un bar porque tenía facilidad para reír, y porque estaba clarísimo que nos lo íbamos a pasar bien juntas, aunque lo primero que hizo la incongruente diseñadora fue pedirme un porro, cuando yo no fumo marihuana porque me vuelve idiota y porque no me gustan las risas enlatadas que produce. Peticiones aparte, Nina era lanzada, y eso me gustaba. Viajábamos, comíamos helado, íbamos al teatro y bebíamos ron como piratas cada vez que salíamos a bailar por Madrid. Nina fumaba mucho, siempre iba con un cigarrillo en la boca, hasta cuando cocinaba; señal de que era una mujer viciosa y dependiente. Ella no tenía novio y yo nunca he soportado vivir sin uno. Así que Nina decidió atacar al mío una noche cuando éste fue al baño. Me pidió que dejara a mi chico porque se había enterado de que conducía como un demente, y que era un borracho; cosas que yo ya sabía. Cuando llegó mi turno de ir al baño, Nina explotó en confidencias sexuales. Le dijo que se acostaba con Charo, pero que, por favor, no me dijera nada. Más tardé en tirar de la cadena del váter que en enterarme de sus gustos en la cama. No la dejé de querer esa noche, pero Nina pasó a los anales de amigas mentirosas de sexualidad culpable. Su última travesura sexual confesable me mató de risa. Me apostó que iba a acostarse con el dueño del bar en el que nos conocimos, y que iba a conseguir que le metiera un plátano mientras estaba sentada en la barra. Todo ocurrió tal cual ella me lo había relatado, y el problema llegó cuando Nina se enamoró de aquel pelmazo entra-plátanos. Porque él jamás la quiso por loca y por haberse dejado meter plátanos por él, su hermano, su hermana y por el que traía las tónicas.

A mi novio le encantaba su colección de zapatos, y no me extraña, porque la pija tenía más de 100 pares de tacones de vértigo. Lo que debería aterrarme es que ahora mi novio es mi esposo, y cuando tenemos ideas perversas me habla de Nina, y me pregunta cuándo la vamos a invitar a nuestro futón semiduro.

Ya no sé qué pensar; cuando hablando de estos temas me reúno con Pilar, mi amiga chef, y me cuenta que con treinta años ya se ha declarado harta de las orgías. ¿Orgías?, pregunto yo desconcertada. Sí, orgías, responde con la mirada aburrida. Empezó a ir a convocatorias por Internet donde cuarenta o más desocupados se empelotaban en un bar y terminaban compartiendo su intimidad con todo el que se acercara. Pilar, que es una niña educadísima, que no bebe, ni fuma, ni toma ansiolíticos, pero que cuando se aburre confiesa que se mete a Internet y se pone de porno hasta que se le acaba la batería, y ahora está tan enviciada que hasta tiene trailers sexuales en el móvil. Yo le pregunto que qué tal se lo pasaba en las orgías, y ella, seria y sin subir el tono me dice que son un puto desmadre, que lo mejor del mundo es poder hacer un sánduche con dos negros enormes y que tengo que probarlo porque estoy cogiendo cara y sentadito de monja.

Tengo un par de amigos divertidísimos, ultra liberales en materia sexual, creadores de chistes verdes, excelentes bailarines y cantantes. Los dos se criaron cerca del mar y confiesan que a su primer amor tuvieron que atarle bien las piernas. Así como lo oyen. Ambos se iniciaron con la misma burra, una hembrita gris y peluda que se llama Renata y que se dejó montar por estos hermanos infinitas veces mientras levantaban una noviecita decente, amable y respetuosa. Una damita bien vestida, universitaria católica y rezandera, que cocinara sin mirar el libro de su mamá y que tuviera ganas de tener por lo menos tres hijos; una mujer que no les recordara en nada a la burra que tuvieron que tirarse por años.

Fuente laopiniondemurcia.es