Manuales del Amor y otras medidas desesperadas

Tú piensas que me vas a follar.
Yo tengo la certeza de que ya te he jodido

tacones+rojos+redes+sociales

Dicen en las encuestas que las personas podemos llegar a consultar de media unas 150 veces el móvil, por el simple hecho de comprobar si hay alguna novedad. A ver a quién no le ha pasado de sacar el móvil y justo segundos después no saber ni qué hora ponía. O de tener el móvil en las manos y preguntarse ¿Dónde he dejado el teléfono? Es una extensión más de nuestra vida y en ocasiones, más que conectarnos, nos desconecta por completo de nuestra realidad.

Y es que si hay algo que al final nos llama más la atención es precisamente esa sensación de “espiar” a los demás, de saber cómodamente, sin tener que hacer las típicas preguntas, sin tener que desplazarte, arreglarte o pintarte los labios. En cualquier parte del mundo, abres ese portalito y te enteras prácticamente de todo.

También dicen que Facebook es la red social que más casos de rupturas sentimentales provocan. ¿Son los “Me Gusta” motivo de disputa? Las que buscan a hurtadillas, las que se hacen las despistadas pero siguen mirando de vez en cuando, las que les gusta seguir haciéndose daño en la herida y siguen regodeándose en los perfiles ajenos… ¿Por qué volvemos al pasado? ¿Por qué nos llama tanto la atención saberlo? ¿Todos llevamos un cotilla dentro?

Es entonces cuando se me pasa por la cabeza recurrir a la gurú de las relaciones, la Wikipedia de las parejas, el Google de las preguntas sin respuesta. Si alguien quiere saber algo, desahogarse o simplemente sacar tema, sólo hay que mencionarle la palabra “sexo” y ahí está ella para contarnos sus experiencias, sus relatos inconfesables o su propio manual el cual dice que está todavía terminando (porque nunca se sabe lo suficiente) y que pretende patentar una vez crea que ya ha llegado al culmen de la sabiduría masculina y sexual. Mi amiga siempre tiene respuestas para todo. Incluso hasta para las que no la tienen.

Cuando le comentamos qué opinaba, aquella tarde nos lo dejó muy claro. Bastó hablar sobre si en alguna ocasión había cotilleado en Facebook o similar a sus anteriores parejas o ligues para contestarnos con un rotundo Sí, y además afirmarnos que “era lo más natural del mundo” e incluso beneficioso para la salud pues “siempre te darás cuenta de que cometiste errores pero te alegrarás al comprobar que eres lo mejor que ha pasado por la cama del susodicho. Es más, cuando la relación ha terminado fatal y ves que él ha rehecho su vida y tiene otra, y ves que es más fea, basta y demás calificativos, solo cabe alegrarse y darse cuenta de que en el pecado, lleva la penitencia”.

“Ex” a los que ir a mirar de vez en cuando, acordarte de los polvos peliculeros, de las historias esas de abrir los ojos y encontrarte el “torito” de peluche de la feria en esa estantería, o la camiseta del equipo de baloncesto colgada en la pared con cuatro chinchetas. Llena de polvo. Descolorida.

Y pensar, con la madurez y perspectiva de los años ¿pero cómo estuve para acostarme con aquel tío? Que en las noches de soledad, está muy bien, porque te gustaría mandarle un mensaje de “¿Estas despierto?, me estoy acordando de ti”. Y que ipso facto acuda a tu puerta con ojitos de cordero hambriento y te haga pasar la noche más pasajera. Aunque siempre es preferible ir a sus casas, por aquello de que no te molesten más de la cuenta, no se enamoren de ver una casa habitable y con la nevera llena, y además, evitar tener que invitarle a desayunar o tomar algo. Así que es mejor dejar la ropa tirada en el suelo sabiendo dónde ha caído cada cosa y de madrugada salir a hurtadillas, cerrar la puerta y pasar por casa a recomponerte el rimmel, el pelo y ducharte antes de ir a trabajar y poder contarles al resto de compañeros tus periplos con el adonis de turno. Porque estas cosas son para contarlas. Si no las cuentas, es como si no hubieran tenido lugar.

Ella es toda integridad. Tendríais que verla. Es un personaje a unas gafas pegada. Ella misma lo reconoce, que han sido los hombres los que la han hecho ser así. Pero lo lleva muy bien.

También nos lo ha dicho, y tiene razón. Las relaciones en esta época del año son más un complemento en ocasiones, una necesidad. Nadie quiere pasar por esas asquerosas preguntas de “¿Y tu pareja?” “¿Lo habéis dejado?” “¿Cuánto te ha durado esta vez, un año?” “Se te va a pasar el arroz y a mi edad, que me quedan dos telediarios, me voy a morir y no te voy a ver siendo una persona de provecho con su familia de verdad”. Necesitamos evitarlo como sea. A toda prisa.

Y además, apetece pasear por entre las luces con alguien al lado. Aunque luego cuando pasan los años te das cuenta de que eso se traduce en “¿Este año cenamos en casa de tus padres o en la de los míos?” “¿El año pasado no llevamos nosotros el solomillo? Pues este año que lo lleve mi cuñada” Y esos momentos maravillosos por los que nadie quiere pasar.

Nadie se conforma con la realidad. Es más bonito vivir en el cuento de hadas donde nos imaginamos felices, que comemos perdices y que el príncipe nos ama, obviando que las perdices caducan, que los cuentos se termina y que el príncipe azul, no sólo destiñe, sino que además, le ronda a más doncellas y a los lacayos los tiene engañados. Eso así, por encima, sabiendo que dejamos cosas en el tintero.

Pero con el paso de los años, de las estaciones, de las experiencias, se aprende que, al final, cada persona con la que estás es un mundo. Porque hay decisiones que nunca lo fueron, que ya estaban tomadas de antes. En ocasiones todos tenemos la necesidad de inventarnos un futuro.

Es cierto. Estamos desconectados de la realidad, y conectados a una nueva dimensión a la que le dedicamos más tiempo del que deberíamos. Por eso lo mejor que podemos hacer es nada más cerrar la puerta, dejar las llaves en la mesa, colgar el bolso, dejar los zapatos, soltarnos el pelo, quitarnos el sujetador, ir de puntillas al baño, dejar la ropa en el suelo, abrir la ducha, meternos debajo, cantar el estribillo de nuestra canción favorita, salir envuelta en el albornoz, dirigirte al dormitorio, tumbarte sobre la cama, dejar que te quite el nudo, sonreír, notar su lengua húmeda recogiendo las gotas de agua que aún quedan en la espalda, gemir, sentir escalofríos, que te susurre al oído que llevaba tiempo esperándote, notar que está excitado, excitarte más, que tu lengua y la tuya se fundan, que sus manos te agarren con firmeza, orgasmos…

Lo se. Y me gusta.