marzo 31

Etiquetas

Cuando el sexo dura demasiado

Una relación sexual excesivamente larga es como un vídeo porno malo, se convierte en algo mecánico, en una sesión de ejercicio físico en un gimnasio barato de barrio.

bqjjhh1398850377144

Uno de los aspectos relativos al sexo que, generalmente, más se tarda en descubrir es el de la duración, porque ya sabemos que el cine y los vídeos –únicos canales de información disponibles para muchos– alargan y reducen la vida real a su antojo. Las breves y esporádicas clases de educación sexual que mi generación tuvo y que consistían en la proyección de diapositivas alegóricas –una espiga mecida por el viento que desprendía su semilla, o una pareja que caminaba de la mano hacia el ocaso–, no hacían nunca referencia al tiempo que duraba el asunto y, si algún compañero, en un arrebato de valentía, se atrevía a preguntarle al profesor al respecto, éste siempre contestaba con un vago: “depende de muchos factores. Ya hablaremos de ello más adelante”. Así que uno seguía con la duda, ¿sería cosa de horas, minutos, la noche entera? Lo que siempre intuíamos era que si la cosa pintaba tan bien, cuanto más durase mejor. Pasada ya la preadolescencia, incluso en la edad madura, muchos siguen pensando aún que el sexo escapa a esa regla universal que sentencia que la calidad y la cantidad nunca pueden ir unidas. Todavía hay tipos que, sin necesidad de estar frente a la barra de un bar, ni tomarse un sol y sombra, presumen de ser muy duraderos; aunque no faltan los que justifican una velocidad similar a la de la luz en base a lo excitados que estaban. Lo cual también parece ser motivo de orgullo. El ego masculino, que al contrario que el femenino, ha sido fabricado a prueba de bomba y sin obsolescencia programada. Para acabar con el dilema de los tiempos del sexo, el año pasado un estudio sentó las bases científicas de lo que debía durar un buen revolcón.

Los investigadores Eric Corty y Jenay Guardiani, de la Universidad Estatal de Pensilvania o Penn State, efectuaron una encuesta a 50 miembros de la Sociedad para la Terapia y la Investigación Sexual (SSTAR, según sus siglas en inglés), que incluía a psicólogos, médicos, trabajadores sociales, terapeutas matrimoniales y de familia y enfermeras que habían tratado a miles de pacientes durante varias décadas.

El objetivo del estudio era clasificar el tiempo empleado por las parejas para sus relaciones sexuales, contando desde el momento de la penetración hasta la eyaculación, para así determinar la media de un coito y establecer diversas categorías.

Los resultados sorprendieron a muchos porque llegaban a la conclusión de que el buen sexo debe durar entre 7 y 13 minutos –lo que la gran mayoría consideraba muy breve–. Un coito demasiado corto era el que cronometraba de 1 a 2 minutos; uno adecuado, entre 3 y 7, y uno demasiado largo tardaba entre 10 y 30 minutos. A primera vista parece que la investigación estuviera hecha para consolar a los eyaculadores precoces, pero hay que tener en cuenta que contabilizaba solo el tiempo de la penetración, siempre que ésta sea continuada y constante, y que la sensación de lo que tardamos en la cama es siempre muy difusa y subjetiva. Esto se debe a la excitación y al hecho de que por relación sexual, generalmente entendemos algo más extenso que el coito y que abarca también los preliminares y juegos eróticos. Los propios autores del estudio se justificaban con declaraciones, que recogía EFE, de esta manera: “Con este estudio esperamos disipar dichas fantasías y alentar a hombres y mujeres con datos realistas sobre lo que es un acto sexual aceptable, evitando así que experimenten decepciones y disfunciones sexuales”, señalaba el autor principal, Eric Corty, profesor asociado de Psicología.

Una relación sexual excesivamente larga es como un vídeo porno malo, se convierte en algo mecánico, en una sesión de ejercicio físico en un gimnasio barato de barrio. Nadie puede mantener el nivel de excitación óptimo durante tanto tiempo, y es muy probable que algún miembro de la pareja, sino los dos, se empiecen a aburrir. Además, afecta también al grado de lubricación de la mujer, que empieza a ser incapaz de generar la humedad necesaria para un sexo placentero. Uno de los causantes de que la cosa se prolongue más de lo deseado es la eyaculación retardada, un trastorno que crece más cada día, en palabras de Francisca Molero, sexóloga, ginecóloga, directora del Institut Clinic de Sexología de Barcelona y directora del Instituto Iberoamericano de Sexología. “Generalmente, las mujeres necesitan más tiempo para llegar al orgasmo que los hombres”, comenta esta experta, “pero últimamente empezamos a ver cada vez más casos en los que ellos tardan mucho en eyacular o no lo hacen. Aunque también puede ocurrir lo que se conoce como eyaculación retrógrada, cuando no sale fuera sino que se va a la vejiga, pero esto ocurre en personas operadas de cáncer de próstata. Claro que en este caso, el hombre y su pareja lo saben y lo viven con normalidad”.

Las causas de no poder acabar o emplear demasiado tiempo en hacerlo, pueden deberse a factores físicos, las más comunes, como apunta Molero, “son consecuencia de la toma de determinados antidepresivos, especialmente los inhibidores de la recaptación de serotonina; el consumo de alcohol o drogas; aunque también pueden haber detrás problemas de próstata, diabetes o infecciones urinarias. Cuando no hay ninguna de estas patologías, uno de los motivos más comunes es una determinada practica masturbatoria. Cuando estos casos empezaron a llegar a las consultas de sexología, hace unos años, los profesionales empezamos a observar que había un perfil muy claro en este tipo de paciente con eyaculación retardada: tenían cierta edad, no vivían en pareja –muchos se habían divorciado– pero tenían una relación, aunque no compartían casa con su actual pareja. Entraban dentro de la clasificación de personas con miedo al compromiso, pero luego se empezó a ver que este tipo de pacientes solían masturbarse en casa viendo vídeos porno. Es decir, empleaban siempre la misma estrategia a la hora de proporcionarse placer: unos estímulos muy fuertes, como son las imágenes pornográficas, y un ritmo más acelerado que el que suele haber en una situación de sexo compartido, por lo que a la hora de mantener relaciones con alguien tardaban más tiempo que en solitario”.

La idea equivocada de que los mejores en la cama son los que más duran entronca con otra fantasía, muy extendida, de que hay llegar al clímax a la vez. Lo que hace que muchos hombres retarden intencionadamente sus orgasmos para coincidir en el tiempo con los de su pareja. Un altruismo excesivo, que puede tener resultados no siempre deseados. “Estar excesivamente pendiente del otro durante una relación sexual, no es aconsejable”, comenta Molero, “un cierto egoísmo, entendiendo el término entre comillas, es sano porque además, controlar o estar pendiente del otro, en exceso, es contrario a la mecánica del orgasmo, que exige un dejarse llevar, una desconexión, un no control”. Cuando el motivo de la eyaculación retardada no obedece a ninguna causa fisiológica, la única manera de volver a la normalidad es, según Francisca Molero, a base de “un proceso de desensibilización y descondicionamiento, que pasa por buscar nuevos estímulos y estrategias para la actividad sexual, para no repetir y crear una pauta única que limite las vías para llegar a la excitación”.

La pornografía tiene múltiples beneficios, pero como ocurre con el cine, debería ser más una forma de inspiración que un modelo a imitar fielmente; y las largas secuencias coitales no tendrían que hacernos pensar en términos de tiempo. “Muchos pacientes llegan a la consulta quejándose de eyaculación precoz, cuando en realidad su duración entra dentro de la media normal”, cuenta Molero. Como en cualquier ejercicio físico, cuanto más se entrena y más calentamiento se hace, antes de cada sesión, mejor resultados se obtienen. Algunos/a logran escapar a la formula de “lo bueno y breve dos veces bueno”, pero son pocos. Si tiene la suerte de encuentrarse con alguno de estos raros especímenes, mi consejo es que no lo pierda de vista.

Fuente elpais.com