octubre 11

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Relato erótico: Confesiones de Laura P.

Deberías descorcharme tantas palabras que están aprisionadas en mi boca, para bebértelas emborrachándote de ellas sin piedad

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Hoy me apetece echar la vista atrás, en el tiempo, en la línea de la historia que suele quedar en el fondo de nuestra mente, esa que queda oculta en un letargo y que florece cuando unas copas riegan la noche, cuando una ausencia palpita en nuestro corazón, cuando los anhelos son más fuertes que nuestro presente,  cuando seleccionamos de cada parte de lo que nos queremos acordar. Hoy podría decir hay partes de cada uno que desaparecen con quien se las llevó y otras, que quedarán almacenadas para relucir en cualquier noche, donde se resbalan sobre el filo de los labios las palabras que quedaron pendientes para una próxima vez que está en el aire, que fueron a morir a una comisura de la boca que saboreó por última vez sin saberlo, el nombre de quien hoy, quizás anda por otros lugares perdidos del mundo, o se ha vuelto a detener, una vez más, en esa “última parada” que le lleva a una llamada, de desesperación, de calma, de sosiego, pero también de dudas e incertidumbre, de querer dar un paso más. Hay líneas que se cruzarían con los ojos cerrados. Otras, sin embargo, las cruzamos encantados si nos vendan los ojos y nos guían de la mano. Al otro lado puedo caer al abismo. O darme de bruces contra tu cama.

“Laura P. seguía enamorada, encaprichada y entusiasmada con aquel hombre que se ocultaba bajo el nombre de, llámalo X. El Señor X era un hombre libre y viajero, que solía tener palabras galantes con cualquier mujer. Se conocieron de casualidad, y de casualidad intercambiaron teléfonos. Ella no quería aventurarse en ninguna historia que la llevaría de vuelta a ninguna parte, pero sentía que las crisálidas llevaban demasiado tiempo madurando, quería regresar a esos años en los que las mariposas revoloteaban intrépidas haciéndola sentir libre, olvidándose del resto del mundo y de sus otras vidas.
Deseaba impaciente recibir sus mensajes, ansiaba esas copas a escondidas, esos ojos brillantes que le aturdían sin querer, esa calidez cercana que le ruborizaba, esas escapadas a contemplar la ciudad como dos amantes pasajeros, correr sin parar de sonreír, esconderse para destapar sus ganas. Me acerco yo. Te alejas tu. Te miro y me enciendo. Me besas y me calmo. Te toco y explotas. Me tocas y…
El Señor X pensaba que la señorita Laura P. iba a olvidarse de él tan pronto amaneciera en antes de ella despertara, le dejó un mensaje en la mesita de noche, invitándole a pasar cada madrugada a su lado, aunque cada día estuviera al lado de otro hombre. A él no le importaba esperar, no le importaba compartir segundo plano, ni ser solo parte de sus sueños. Con él, era ella. No había miedos ni mañanas, solo instantes precisos, sólo besos apasionados y ojos cerrados. Sólo había canciones y serenatas, luces apagadas y allí, a lo lejos, tras la ventana, una muda cama que ahogaba los gemidos de placeres por descubrir.
Ella se sentaba allí tímidamente y al final, se convertía en la dueña de sus pasiones, la culpable de las huellas de carmín en su almohada. Se quedaba de pie mientras él la iba desnudando, quitándole cualquier atisbo de duda, caía bocabajo en la cama y notaba como los pelos de su barba le escribían letanías en verso, le provocaban cosquillas orgásmicas. Ambos desnudos, cuerpo a cuerpo, iban completando asaltos, iban devorándose mientras el sol iba ocultándose. Sus grandes y fuertes manos le agarraron de sus pechos, su boca buscaba con ganas la de ella y sin darse cuenta, fundiendo su lengua, notaba cómo un sabor dulce le llenaba el paladar mientras le pasaba el chocolate ya derretido, exhalando en su cuello los mordiscos que aún le quedaban por dar, mientras comían ambos de la boca, el uno del otro, dejando a los cuerpo exhaustos, temblando de ganas. Orgasmos de los que se habían perdido la cuenta. Esos dedos que iban descubriendo pasadizos secretos de los que brotaban las ansias de fundirse.
Laura P. y el Señor X se decían cada noche que esa sería su última vez. Pero nadie podía controlar sus sueños. Nadie podría impedir que se encontraran con cualquier coartada, que desearan echar a volar juntos las mariposas, besarse con cualquier pretexto, acostarse con cualquier excusa. Abrigados en la noche de la soledad y la incertidumbre enviaban mensajes encriptados llenos de ganas de “otra vez más”. Sin idas ni venidas: hazme el presente”
Me suceden pocas cosas ahí en donde tú no ocurres. Y después de todo, con el tiempo ya pasado, quién te juzgará por lo perdido. O por lo que ganaste jugando. Po aquí, ya va haciendo temperatura de ti. Y así, cada día empezar como si no pasara el tiempo. Ni la nada.