Una mirada a las prostitutas japonesas del siglo XVII

Para un hombre japonés que vivió en los siglos XVII y XVIII, tener sexo con su esposa era para procrear. Mientras el sexo con las yujo era para el placer y disfrutar. En esos años del periodo Edo, el negocio del ocio, sobre todo el que implicaba a las mujeres era estrictamente controlado por el gobierno.

La prostitución era legal, solo si se poseían las licencias y el control adecuado. Las féminas de la noche que ejercían el oficio más antiguo del mundo que eran clandestinas y no eran “profesionales, eran un problema constante para las autoridades competentes, pero como es de imaginarse decidieron seguir trabajando y correr el riesgo de ser castigadas.

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Shimabara era un barrio muy grande de Tokio donde existía esa licencia oficial y luego de persecuciones y redadas fueron confinadas allí; y en Yoshiwara, donde en esas zonas de los suburbios se podía ejercer la prostitución. La situación se fue regulando en una especie de grados jerárquicos hasta el año 1957. Tratando de controlar la “moral pública” estas zonas o distritos estaban cercados por verdaderos muros que creaban mundos paralelos. Dentro de estos muros se le permitía trabajar a otras mujeres, como camareras, anfitrionas o animadoras,  en los espacios destinados para el ocio. Las geishas entraban en este rango, pera para ellas estaba oficialmente prohibido tener relaciones sexuales con los clientes.

La prostitución y las geishas crearon polémica desde ese momento, pues técnica y legalmente no eran prostitutas; y algunos alegaban que no poseían los suficientes conocimientos en su repertorio de habilidades, al parecer no conocían las “ cuarenta y ocho posturas”. Las yujo, las mujeres del placer, tenían que ser instruidas en el “toko no higi” un esoterismo del dormitorio. Para lograr dar el placer perfecto a los hombres, el entrenamiento incluía un pene artificial erecto, para ayudarlas a lograr que el hombre alcanzara rápida y satisfactoriamente el clímax, además de algunos otros detalles pertinentes, como lograr fingir un orgasmo de una manera convincente, además de complaciente para el cliente.

Estas chicas yujo eran mujeres muy orgullosas de sus técnicas y siempre llevaban el vello púbico rasurado, pues se suponía que un experimentado vividor, un magnifico cliente, podía reconocer la calidad de las habilidades sexuales de una mujer, con una rápida ojeada al corte de su “arbusto”. Además debían saber que la raíz de loto y las anguilas eran potentes afrodisiacos, pues ser una “profesional del placer” no se limitaba a ser agraciada físicamente, ni mucho menos a una “necesidad económica”. Las exigencias y criterios estaban, y siguen estando, tan lejos de la cultura occidental, como los kilómetros que nos separan.