Las chicas malas de Paris en los años 30

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Alexandre Dupouy es un  coleccionista francés que ha dedicado su vida a investigar, rescatar y publicar lo que él define como “reliquias eróticas y pornográficas”. En su librería “Las lágrimas de Eros”, ubicada en el distrito 11 de París y abierta solamente con previa cita, colecciona y revende las fotos, pinturas y objetos sexuales que datan de muchos años atrás. El lugar se ha convertido una especie de  pequeño museo de la historia de las costumbres en Francia.

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En 1975, Dupouy recibió una llamada de un librero, que le dijo que alguien tenía “una cosa especial para mostrarle”, ya en el sitio, el octogenario le mostro un montón de fotografías en blanco y negro de prostitutas desnudas y  sonrientes. Le explicó que había tomado la mayoría de sus fotos en un burdel de la calle Pigalle, durante el período  entre las dos guerras. El hombre solo pidió que lo mantuvieran en el anonimato. Ahora, cuarenta años después, el coleccionista decidió reimprimir una parte de la cuantiosa colección “única en términos de calidad y cantidad”. La publicación está escrita por Dupuoy –que aún está vivo-  y el señor anónimo, al que llama Sr. X.

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Acerca de su trabajo y las fotografías femeninas se explica de esta forma: “Generalmente, durante mis investigaciones, encuentro la imagen del interior de un burdel cada tres meses. Suelen tener un lado lúgubre, un poco forzado. Los tipos hacían eso para guardar un recuerdo, pero inmediatamente destruían la foto por miedo a que cayera en manos de la persona equivocada. Cuando descubrimos la colección del Señor X, vimos que era única en términos de calidad y de cantidad. Tenía centenares. Tomadas una a una, las fotos contaban la vida entera del burdel de la calle Pigalle. Las tomó por placer personal”.

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Doupuy habla de las mujeres sencillas y espontaneas fotografiadas en el burdel de Pigalle, en estos términos: “El perfil típico era de la niña que llegaba a París para alimentar al resto de su familia que se quedaba en la granja. No tenía nada que comer. Empezaba a trabajar, pero era despedida por el capataz. Entonces, la niña caía en manos de una mamie que le decía: “ven aquí; hace calor y hay comida”. Le daban un camisón para recibir a los hombres y pasar la noche junto con 10 o 15 compañeras en la misma situación. En esa época, una prostituta ganaba mucho más que una obrera. En 1900 en París, una obrera ganaba 2 francos al día; una prostituta de la calle, 5 francos por turno; una de burdel, 20 francos”

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