El sexo anal según el Marqués de Sade

Les presentamos un texto extraído del libro “Filosofía en el Tocador” del Marques de Sade. Pertenece al Tercer Dialogo de dicha publicación y en el aparecen Domance, Madame de Sainte-Ange y Eugenia. En esta escena los dos primeros le cuentan y describen a Eugenia, en su afán por pervertirla, acerca del sexo anal o “como hacerlo por detrás” Este es el texto

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DOLMANCÉ — Esta manera es deliciosa, Eugenia; le recomiendo su práctica. Hace perder así los derechos de la propagación y por ello contrariar eso que los tontos llaman leyes de la naturaleza; se trata de algo verdaderamente lleno de atractivo. Los muslos y las axilas sirven, a veces, de asilo al miembro del hombre, sin riesgo de preñez.

MADAME DE SAINT-ANGE — Algunas mujeres se introducen, en el interior de la vagina, esponjas que reciben el esperma y le impiden llegar al vaso que lo propagaría; otras obligan a sus machos a servirse de un pequeño saco de piel de Venecia, vulgarmente llamado condón, en el cual queda el esperma, sin riesgo de alcanzar su objetivo; pero de todas estas maneras, sin duda la más deliciosa es la del culo.

Dolmancé, sobre este tema, le dejo la disertación. ¿Quién puede pintar mejor que usted un gusto por el cual daría la vida, si su defensa lo exigiese?

DOLMANCÉ — Confieso mi debilidad. Convengo en que no hay gozo preferible a ese; lo adoro en uno y otro sexo, pero aceptemos que el culo de un muchachito me da más voluptuosidad que el de una joven. Llaman bufarrón a quien se libra a esta pasión; ahora bien, cuando se es bufarrón hay que serlo completamente. Fornicar mujeres por el culo no es serlo sino a medias: en el hombre es donde la naturaleza quiere que el hombre cumpla esta fantasía, y es para el hombre que nos ha dado tal afición. Es absurdo decir que esta manía la ultraja: ¿cómo es posible, siendo la naturaleza misma quien nos la inspira? ¿Acaso puede dictar lo que la degrada? No, Eugenia: se la sirve igual así que de otro modo, y quizá más devotamente aún: la procreación no es más que una tolerancia por parte de la naturaleza. ¿Cómo podría haber prescrito por ley un acto que la priva de los derechos de su omnipotencia, ya que la procreación es una consecuencia de sus primeros deseos, y ya que —supuesta la destrucción completa de nuestra especie— nuevas construcciones, rehechas por su mano, volverían a ser presa de esos deseos primordiales cuya realización sería mucho más halagüeña para su orgullo y su poder.

MADAME DE SAINT-ANGE — ¿Sabe usted, Dolmancé, que por este camino llegará a probar que la extinción total de la raza humana sería un servicio prestado a la naturaleza?

DOLMANCÉ — ¿Quién lo duda, señora?

MADAME DE SAINT-ANGE — ¡Oh! Las guerras, las pestes, las hambrunas, los asesinatos sólo serían así accidentes necesarios de las leyes de la naturaleza, y el hombre, agente o paciente de esos efectos, no sería ni criminal en un caso, ni víctima en otros…

DOLMANCÉ — Víctima, sin duda lo es cuando cae bajo los golpes de la desgracia; pero criminal, nunca. Volveremos a discutir estas cosas: analicemos ahora, para la bella Eugenia, el goce sodomita, objeto de nuestra charla. La postura más usada por la mujer es acostarse boca abajo sobre el borde del lecho, las nalgas bien separadas, la cabeza, lo más bajo posible. El lascivo amante, tras haberse deleitado un instante con la perspectiva del bello culo que le presentan, después de haberlo palmeado, manoseado, incluso a veces azotado, pellizcado, mordido, humedece con la boca el bonito agujero que va a perforar y prepara la introducción con el extremo de su lengua; moja también su aparato con saliva o pomada y lo presenta dulcemente al agujero; lo conduce con una mano y con la otra aparta las nalgas de su gozo; apenas siente que el miembro penetra, debe empujar con ardor, cuidándose de no perder terreno; en ocasiones la mujer sufre, si es nueva y joven; pero sin ninguna consideración por los dolores que pronto van a convertirse en placer, el macho debe empujar vivamente su verga, por gradaciones, hasta que llegue a su fin, es decir, hasta que sus pelos froten el borde del ano que fornica. Si continúa ahora su trabajo con rapidez, no importa: todas las espinas ya han sido cortadas, sólo quedan rosas. Para acabar de transformar en placer los restos de dolor que su objeto experimenta aún, si se trata de un adolescente, debe masturbarlo, si es una muchacha, acariciarle el clítoris; los estremecimientos del placer que hace nacer el apretar prodigiosamente el ano del paciente, aumentan los placeres del agente; éste, colmado de voluptuosidad, lanzará en seguida en el fondo del culo que está gozando un esperma abundante y espeso, determinado por todos esos lúbricos detalles. Hay otros que no quieren que el paciente goce; pronto explicaremos eso.