Los Penitenciales de la Edad Media: Pecados sexuales y castigos

Los penitenciales medievales eran conformados por manuales donde se catalogaban todos los pecados que un sacerdote  escuchaba en confesión privada: sodomía, lesbianismo, bestialismo, fantasías sexuales, etc. Adicionalmente se asignaban las penitencias que correspondían a cada acto, usualmente ayuno y oraciones  y plegarias, hay que destacar que  los  que no querían pasar penurias espirituales podían cambiar la penitencia pagando una suma de dinero.  O sea, el perdón era cuantificado según la gravedad del pecado. Esto nos da una idea de una moral sexual bastante estricta, imponiendo un código moral  que se basaba exclusivamente en el sexo dentro del matrimonio y solamente con fines reproductivos,  todo lo que salía de este contexto era considerado vicio, pecado y lujuria.

sexo

Los pecados descritos en estos penitenciales eran de toda clase desde el asesinato hasta la fornicación. Al parecer,  los pecados  sexuales fueron los que más interesaban a las autoridades eclesiásticas, y  no faltan todo tipo de detalles escabrosos. Adicionalmente se recogían también las penas asociadas a cada uno de ellos, que iban desde el ayuno hasta la recitación de salmos, pasando por supuesto por la entrega de limosnas, casi siempre a la Santa Madre Iglesia. Igualmente estos Penitenciales imponían el tipo de moral sexual que quería imponer la Iglesia a la sociedad: una visión del sexo negativa y restrictiva, pues limitaban todo tipo de prácticas y posturas, e incluso imponían las fechas para realizar el acto sexual.

Cualquier acto sexual no destinado a la procreación era considerado pecado, por lo que el sexo oral como el sexo anal eran considerados pecados mortales, ya que su único fin era la obtención del placer. Esta visión del sexo era tan restrictiva que hasta las caricias y los tocamientos (contactus partium corporis) eran considerados como faltas. Pero la Iglesia no condenaba solamente los hechos, sino también los pensamientos, por lo que  el hombre y la mujer debían reprimir los sentimientos relacionado con el deseo erótico (voluptas) o las fantasías sexuales (delectio fornicationis).

La única postura permitida como no pecaminosa, era la considerada natural: el misionero, de frente, el hombre arriba y la mujer debajo, y esto aclara como concebía la Iglesia el papel de la mujer en el sexo: pasiva y sumisa.  La regulación de la sexualidad por parte de la Iglesia era total y completa, incluso en el momento que se podía realizar el acto sexual, considerándose  falta grave o pecado practicar el coito durante los días sagrados, en festividades religiosas, o cuando la mujer tenía la menstruación. Esta es una muestra de estos penitenciales:

“¿Has hecho lo que algunas mujeres suelen hacer, has fabricado algún aparato o artilugio a modo de miembro viril a tu medida, lo has atado con algunas ligaduras en tus partes pudendas o en las de una compañera y has fornicado con otras mujerzuelas u otras contigo, con el mismo instrumento o con otro?
Si lo has hecho, cumplirás penitencia todas las fiestas de guardar durante cinco años.”

– Penitencial de Burchard de Worms, S.XI