Los libertinos en el arte

La lucha por la libertad de los libertinos franceses contra la moral eclesiástica se extendió a todos los campos, desde la filosofía hasta la política, por lo que el arte y la literatura también se pondrían al servicio del placer, el erotismo y la lujuria. Según se acrecentaba la represión sexual y la censura por parte del Estado iba aumentando, la producción artística de carácter erótico o pornográfico.

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Durante el siglo XVIII disfrutamos de una intensa producción literaria de carácter erótico que marco el futuro de este género literario hasta nuestros días, quedando como referencia obras tan famosas como “Les bijoux Indiscrets”(1747) de Diderot, “Thérèse Philosophe” (1748) de Boyer y auténticos clásicos de la literatura erótica como “Fanny Hill” (1748) de John Cleland y las diversas obras del Marqués de Sade, “Justine o los infortunios de la virtud” (1791), “La filosofía en el tocador”(1795) o “Las ciento veinte jornadas de Sodoma” (1904).

Lo anticlerical de esta literatura libertina se  evidencia en las continuas referencias sexuales relacionadas al mundo de la Iglesia: curas depravados que se aprovechan de jovencitas puras e incautas, monjas que alcanzan orgasmos en brazos de un amante, sexo dentro de los muros de un convento, etc. Todo esto suponía un ataque directo a la Iglesia, presentándola como un nido de vicio y corrupción, tan cínica y falsa, como la moral sexual que dominaba en el momento.

También se vivirá un auge de la pintura de carácter erótico, algunos autores se centraran en el erotismo del cuerpo humano y su naturaleza sexual. Comenzando por la visión sutil, discreta y elegante  del Rococó, pasando por la sensualidad desbordante de Boucher o Fragonard, hasta llegar al arte más obsceno y lascivo, casi pornográfico de Thomas Rowlandson.

Son obras pictóricas llenas de sensualidad y erotismo, con mujeres voluptuosas, sensuales, semidesnudas, llenas de luz y de color, obras realizadas al gusto y a los requerimientos de una sociedad caracterizada por su libertinaje al servicio del placer y el sexo sin ambages. El genial pincel de Boucher nos presenta hermosas mujeres, sugerentes, lascivas, ofreciéndonos sus hermosos traseros, provocándonos con la mirada, invitándonos a sucumbir al deseo.

Otra de las obras pictóricas cumbres del libertinaje es “El cerrojo” de Fragonard, donde dos amantes apasionados tratan de cerrar el cerrojo para entregarse a las pasiones de las artes amatorias en el gran lecho que ocupa la parte central del cuadro. Este arte tiene una data entre el final del Antiguo Régimen y el inicio de la Edad Contemporánea, por lo que los libertinos franceses destacan por su frivolidad, por su exuberancia y por su libertad de pensamiento.

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