La Homosexualidad en el Islam

A lo largo de toda la historia, las relaciones sexuales en las sociedades islámicas, se han regido por estrictos criterios de dominación y subordinación, como algunas sociedades de la antigüedad, sobre todo las de Medio Oriente. Los criterios actuales de igualdad, identidad y orientación sexual, no se pueden aplicar a este tipo de sociedades de carácter “guerrero” y machista, pues se rigen por valores que asumen roles de dominador / dominado.

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De esta forma la relación sexual es muy definida por la importancia de lo masculino, pero también esta delineado por el juego de roles entre dominador: hombre musulmán libre y el dominado, que casi en todos los casos pertenece a una clase social inferior: esposas, concubinas, prostitutas y esclavas, y esto incluye elementos masculinos de rango inferior, como esclavos, prostitutos y hasta los jóvenes.

Sucede igual, que como ocurría en la Antigüedad clásica, donde las relaciones homoeroticas se daban muy marcadas por la importancia de asumir siempre el rol activo/dominante y no el pasivo o dominado. De todas formas eran consideradas “pecaminosas”, pero al ser efectuadas por una clase dominante y al no afectar el orden social, eran toleradas y se desarrollaban en la intimidad de las alcobas.

Los hombres muy amanerados y afeminados (mujannats) gozaban de una tolerancia amplia, a pesar de que no eran muy respetados eran muy buscados y valorados en las cortes, por sus capacidades y habilidades artísticas.

La poesía árabe de carácter homoerotico fue muy abundante, con la posibilidad de leer más expresiones que hablan del amor masculino hacia los hombres, que hacia las mujeres. Uno de los poetas más conocidos y universales es Abu Nuwas, quien era abiertamente homosexual y en su libro más conocido mundialmente “Las mil y una noches” es posible captar numerosas referencias al amor homosexual. Y el siguiente párrafo de “Las mil y una noches” lo demuestra a cabalidad:

“Me parece, oh jeque!, que eres de los que prefieren los jovenzuelos a las mujeres. Mi amigo sonrió y dijo: Así es. Ella pregunto: Y porque, Oh jeque!… Me concederás, oh mi señora que nada en la mujer puede compararse a las perfecciones de un joven hermoso, a su talle flexible, a la finura de sus miembros, al conjunto de colores tiernos que hay en sus mejillas, a la gentileza de su sonrisa y al encanto de su voz. Por cierto que para poneros en guardia contra una cosa tan evidente, nos dice el propio Profeta: No prolonguéis vuestras miradas sobre los mozuelos sin barba, porque tienen ojos más tentadores que los de las huríes”