Sexo oral según el novelista Phillip Roth

El animal moribundo es una novela de Phillip Roth, que contiene escenas cargadas de sexo, dominio y sumisión que casi llegan a la crueldad y la violencia, en una aventura sexual que resulta ser una bomba que hace añicos el mundo intelectual y erótico del protagonista dado a experimentar lo que llama «la masculinidad emancipada», escapando al alcance de la familia o de una pareja. Pero la juventud y belleza de Consuela, la protagonista, «una obra maestra de la voluptuosidad», desarman por completo los criterios por los que se rige David, quien se ve convertido en un posesivo obseso sexual condenado a arrastrarse por el oscuro lodazal de los celos. En la narración del descenso de Kepesh, el protagonista, Roth despliega un impresionante repertorio de variaciones sobre eros, sexo y muerte, la licencia y la represión, el egoísmo y el sacrificio.

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“Cierta noche, cuando ella estaba tendida en la cama, pasivamente boca arriba, a la espera de que le separase las piernas y me deslizara adentro, en lugar de hacer eso le apoyé la cabeza en ángulo contra la cabecera de la cama, y con mis rodillas a uno y otro lado de su cuerpo, me incliné hacia su cara y rítmicamente, sin interrupción, la follé por la boca. (…) Con la intención de conmocionarla la mantuve allí inmóvil tomando un mechón de su cabello y rodeándome el puño con él, como una tralla, como una correa, como las riendas que se fijan al bocado de la brida. (…) Ese acto de dominio le permite pensar: ‘Esto es precisamente lo que yo imaginaba que era el sexo. Es bestial… este tío no es un bestia pero se encamina hacia la bestialidad’. Después de correrme, cuando me retiré, Consuelo no solo parecía horrorizada, sino también enfurecida. (…) Todavía me encontraba encima de ella (arrodillando y goteando sobre ella), y nos mirábamos fríamente a los ojos cuando, después de tragar con dificultad, dentelló. De improviso. Cruelmente. A mí. No lo fingía. Era instintivo. Dentelló empleando toda la fuerza de los músculos masticatorios para alzar con violencia la mandíbula inferior. Era como si me estuviera diciendo: ‘esto es lo que podría haber hecho, esto es lo que quería hacer y esto es lo que no he hecho’. Por fin la respuesta directa, incisiva y elemental de la reservada belleza clásica. (…) Ese fue el verdadero comienzo de su dominio, el dominio en el que mi dominio la había iniciado. Soy el autor de su dominio sobre mí”.