Jóvenes usan fármacos sexuales para “lucirse” con mujeres mayores 

Según el laboratorio Pfizer -fabricante de Viagra-, cerca del 10 & de los 16 millones de récipes emitidos en Estados Unidos desde que el producto surgió, en 1998, van a manos de hombres menores de 39 años de edad, muchos de los cuales no lo necesitan.

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Rómulo Aponte, sexólogo venezolano, asegura que Venezuela era el segundo país del ámbito mundial con mayor consumo de Viagra (sildenafilo), contabilizando para ese momento un millón 200 mil tabletas cada año. Este cálculo deja por fuera, actualmente, las más de 25 copias que tiene la “pastilla azul” en el mercado nacional, así como la venta de Cialis (taladafilo) y Levitra (vardenafilo), que cumplen la misma función.

Se afirma que la mayoría de esos jóvenes que consumen fármacos sexuales lo hacen fundamentalmente cuando tienen relaciones con una mujer casada o mayor. “Ellos suponen que esas mujeres tienen más experiencia y conocimiento acerca del sexo. Toman la pastilla para sentirse más seguros ante esa situación”, destaca Ingrid Acosta  psicóloga, sexóloga y psicopedagoga especialista en el tema. A su juicio, el combate a tal inseguridad se hace de forma inadecuada, pues se genera una dependencia mental innecesaria entre el paciente y el fármaco.

“No sólo temen quedar mal ante su pareja, sino también al hecho de acudir ante el especialista para manifestar lo que sucede –mucho más si es mujer, como en mi caso-. A veces buscan la solución con la información disponible en Internet, que no siempre es la más adecuada”, subraya Acosta.

A la consulta de León Montenegro  urólogo, sexólogo y director de la Sociedad Venezolana de Urología, han acudido pacientes de hasta 18 años de edad que consumen drogas sexuales sin presentar algún tipo de disfunción. Atribuye este hecho a la novedad del producto y al deseo “de sentirnos más hombres, de tener una mejor respuesta sexual”.

Prefiere no hablar de casos de sobredosis, pero sí de “abuso” en el consumo, pues se registran casos de pacientes que usan el medicamento con una diferencia de tiempo menor a la del efecto promedio (24 horas para el sildenafilo y vardenafilo y 36 horas para el taladafilo).

“Ciertamente no se crea una dependencia física por no tratarse de psicotrópicos, pero estos medicamentos deberían ser indicados por el especialista y vendidos con prescripción facultativa, como hizo el Ministerio de Salud con los antibióticos”, considera el especialista. Los jóvenes que consumen fármacos sexuales no sólo están expuestos a los efectos secundarios comunes (cefalea o náuseas, por ejemplo), sino también a la posibilidad de padecer priapismos. Esto sucede cuando el pene no retorna a su estado flácido luego de un tiempo prolongado en erección, lo cual amerita atención médica de emergencia. De dos a tres casos se registran a diario en las clínicas marabinas.

Un vendedor en una tienda de juguetes sexuales, comenta: “Ciertamente, un joven puede eyacular y mantener el pene erecto bajo los efectos del medicamento, pero también puede experimentar dolor incluso cuando intenta orinar entre uno y otro acto sexual, pues se registra mucha presión en los cuerpos cavernosos”,

Javier Paredes (nombre ficticio) es un paciente  de 35 años, que tiene episodios de disfunción sexual con su esposa pero no con su amante, otra mujer casada. ¿La razón? El sentimiento de culpa que le genera tal situación ante su cónyuge. Encontró inicialmente una solución consumiendo fármacos sexuales, pero su tormento se duplicó, pues al sentimiento de culpa se le sumaba la convicción de no necesitar tales medicamentos.

“Las tres disciplinas que tenemos aquí nos sirven para hacer una evaluación integral. A este paciente se le hicieron los respectivos estudios de próstata y testosterona, determinándose que su disfunción no era orgánica sino mental. Fue así como llegó a mi consulta”, refiere Acosta el medico encargado del paciente.

Javier fue inducido a una terapia cognitiva conductual, que lo llevó en aproximadamente seis sesiones a asumir responsablemente su sexualidad y a eliminar los sentimientos de culpa. El procedimiento no incluye juicios de valor de orden ético o moral, aunque sí la participación de la pareja -claro está, con el consentimiento de ambos.