Fanny Hill o Las Memorias de una cortesana  por Jhon Cleland (Fragmento y pelicula)

“Las memorias de Fanny Hill” es un libro clasificado como gótico/erótico escrito por Jhon Cleland. Su argumento trata de unas cartas que Fanny Hill escribe a una mujer que no conoce, tratando de justificar sus actos. Frances “Fanny” Hill es una joven con muy poca educación, que vive en un pequeño pueblo cerca de Liverpool. Al cumplir los 15 años sus padres mueren. Esther, una joven vecina de la aldea de Fanny, se  muda a Londres y convence a Fanny para que se vaya con ella, pero al llegar la abandona. Fanny conoce a la señora Brown, quien le da alojamiento, pero debe compartir cuarto con Phoebe, otra mujer que seduce a Fanny. La señora Brown regenta un burdel y Fanny se ve obligada a trabajar en él, conduciéndola a una serie de situaciones  en las cuales Fanny finalmente conocerá el amor en su versión romántica. En este fragmento, Harriet, una de las jóvenes del burdel es poseída por un aristócrata asiduo, delante de la clientela del lupanar. Este es el fragmento seleccionado:

 “Aquel mancebo, enamorado de verdad, que se había quedado arrobado y poseído por el placer de su visión durante un lapso lo suficientemente largo para permitirnos la ocasión de recrear la nuestra -sin que de parte de los testigos hubiera el menor riesgo de glotonería-, terminó por dirigir sus actos directamente hacia los objetos de disfrute y, levantando la cortina de lino que ocultaba al órgano maestro de todos los ensueños, exhibió un ejemplar cuyo descomunal tamaño proclamaba a su dueño como un auténtico héroe para la especie femenina. El noble era, independientemente de ello y en todos los aspectos, un consumado caballero. De pie entre las piernas de Harriet, sostenidas por sus dos compañeras hasta su máxima extensión, con una mano separó con toda suavidad los labios de esa cautivadora boca. Mientras, con la otra humillaba su poderoso vástago desde la altura a que su turgencia lo elevaba, hacia la trayectoria de su blanco. Los labios, entreabiertos por los dedos, recibieron la dilatada cabeza de coral. Y cuando hubo afirmado su anidación, vaciló brevemente, y entonces las dos espontáneas ayudantes encomendaron a sus varoniles caderas la agradable función de sostener los muslos de su amada. Entonces, como si quisiera prolongar el placer y obtener de su instrumento el máximo provecho durante su vida, lo fue sumergiendo con tal lentitud que fuimos perdiéndolo de vista, pulgada por pulgada, hasta que a la larga fue totalmente engolfado por el manso laboratorio de amor, mientras las frondas musgosas de ambos se tocaron entre sí. En el decurso de todo este proceso, era evidente para los espectadores observar el prodigioso efecto que en esa deliciosa muchacha fraguaban a yunque los progresivos avances de esta energía titánica, que realzan poco a poco su belleza conforme incrementaban su placer. Su semblante y toda su estructura se avivaron por momentos, el tenue rubor de sus mejillas ganaba terreno a su blancura, intensificándose hasta llegar a un fulgurante brillo del rojo más florido. Sus ojos, brillaban por naturaleza, despedían una luminosidad diez veces mayor. Su languidez se había desvanecido, y toda ella parecía animada de nueva vida y energía. El gentilhombre había fijado con su impar clavo a la tierna criatura, como si le aplicara poderosa cuña. La inerte víctima yacía pasiva ante su fuerza e incapaz de moverse hasta que, poniendo en juego la tensión de sus propias armas contra esa vena de delicadeza, el noble aceleró la marcha de la fricción producida en un vertiginoso vaivén de avance y retroceso; despertándola, encendiéndola y excitándola hasta el propio centro de su ser. Llegó un momento en que ella no pudo menos que corresponder a los movimientos de su amante con toda la viveza y rapidez que le permitía su fina construcción, hasta que las furiosas punzadas de placer se elevaron hacia su punto culminante, haciéndola enloquecer con sus intolerables sensaciones. Ahora lanzaba sus piernas y brazos al azar, despeñándose en los abismos de un dulcísimo transporte que en su compañero se manifestó en acometidas más veloces y ávidas, en convulsiones y movimientos de aprehensión, en desgarradores suspiros, en laboriosas y agitadas respiraciones y en los fulgurantes destellos de sus ojos. Eran las señales inequívocas de una inminente cercanía del último sofoco de delicia. Éste al fin llegó. El barón encabezó la marcha al éxtasis; ella lo siguió, solidariamente al recibir los síntomas de disolvencia, en cuyo clímax, uniendo con más ardor que nunca sus labios a los de ella, el noble reveló todos los indicios de sentir que se cernía sobre él aquella agonía de dicha, durante la cual entregó a su amada la centelleante trepidación final. Enardecida hasta lo más recóndito de su alma, la muchacha dio claras muestras de corresponder con toda la efusiva prodigalidad de espíritu y materia de que era capaz. Un suave temblor recorrió todo su cuerpo, que se alargó en tensión para terminar por quedar inmóvil, suspendido el aliento, agonizando de deleite, y en la cima de su avalancha. Revelaba a través de sus casi cerrados párpados, apenas un breve margen de negrura, pues sus ojos se entornaban fuertemente hacia arriba llevados por la fuerza de su paradisíaco embeleso. Su seductora boca se abría lánguidamente, con la punta de la lengua yaciendo indolente sobre sus marfilinos dientes inferiores, mientras la natural coloración de rubí de sus labios se encendía como dotada de una nueva vida. ¿No era acaso tema digno de obstinada persistencia? Tanto así lo era, que su gentil amado continuó acompañándola con perdurable fruición hasta que, comprimido y destilando hasta la última gota, se despidió con un fervoroso beso que expresaba deseos satisfechos, pero también inextinguibles”.