Masturbarse en “El Lamento de Portnoy” de Philip Roth

En sus sesiones de psicoanálisis, Alexander Portnoy, un judío americano de treinta y tres años, confiesa a su psiquiatra como su vida privada ha estado dominada por la obsesión por el sexo. En un divertido y a la vez amargo ejercicio de autocrítica, Portnoy relata su vida, desde su infancia en un típico hogar judío de Nueva Jersey, pasando por su incapacidad de relacionarse con las mujeres de un modo que no sea sexual, hasta los recientes acontecimientos que lo han llevado hasta el diván del psiquiatra.

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Hemos seleccionado un párrafo del libro, que describe una escena de un momento donde Portnoy se masturba, que ejemplifica claramente la tónica con que el autor Philip Roth plantea el libro:

“Llego después la adolescencia, en la que me pasaba la mitad de la vida encerrado detrás de la puerta del cuarto de baño, disparando mi taco por la taza del retrete, o sobre las prendas del cesto de la ropa sucia, o splat, contra el espejo del armario botiquín, ante el que estaba de pie, con los calzoncillos bajados, para poder verlo salir. O, si no, estaba inclinado sobre mi veloz puño, con los ojos fuertemente cerrados y la boca abierta de par en par para recibir en la boca y en los dientes aquella pegajosa salsa de mantecoso suero y Clorox…., aunque, frecuentemente, en mi ofuscación y mi éxtasis, la recibía de lleno en el pelo, como una rociada de grasosa brillantina. En medio de un mundo de pañuelos amontonados, arrugados Kleenex y pijamas sucios, yo movía mi novicio e hinchado pene, con el perpetuo temor de que alguien me sorprendiera justo en el momento culminante de mi frenesí al soltar mi carga. Sin embargo, me sentía totalmente incapaz de mantener los dedos apartados de mi capullo una vez que empezaba a ascender a lo largo de mi vientre. En medio de una clase, yo levantaba la mano en petición de permiso, echaba a correr por el pasillo hasta los lavabos y, con diez o quince salvajes sacudidas, me descargaba de píe, en un urinario. El sábado por la tarde, en el cine, me separaba de mis amigos para ir a la maquina automática expendedora de dulces, y subía luego hasta una lejana localidad del anfiteatro, soltando el chorro de mi semen en el envoltorio vacío de una barra de “Mounds”