La Radicalización del Porno

En junio de 1978 la revista Hustler publicaba una portada, que se hizo muy famosa, donde mostraban  una mujer triturada por una máquina de picar carne. Esa idea y ese concepto ha sido asumido y multiplicado por decenas de webs porno (Meatholes ) y lo más terrible es que  su mensaje ha pasado del chiste a la realidad, del montaje al hecho y de la ficción a la ejecución.

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El porno, cada vez más, se construye y se radicaliza sobre la evidencia de que la mujer sigue estando en una situación de inferioridad universal y es  abusivo, engañoso y amenazante. El documentalista Stephen Walker describe su encuentro con el magnate del porno Max Hardcore como algo realmente espeluznante, y define a la perfección los vericuetos de este terrible negocio.

La radicalización del porno se basa en un planteamiento de: caza, tortura y castigo. Se hace una  pregunta, obsesiva y definitiva: ¿qué más se le puede hacer a una mujer? O, preguntándolo de otra manera: ¿Cómo se puede degradar y humillar más a una puta? El cansancio, generado por las  limitaciones inherentes a la representación sexual, sólo sigue una vía muy compulsiva: más y más fuerte, más y más duro, más y más extremo.

Podrían plantearse otros caminos, pero no: la carrera, la lucha y la obsesión, es avanzar en la destrucción de la mujer, y se celebran y aplauden, y además son rentables, las “geniales “ocurrencias como tratar a las mujeres como urinarios (Human Toilettes), hacerlas vomitar (Gag On My Cock), abofetearlas (Slapp Happy), eyacular dentro de sus ojos (Pink In The Eye), asfixiarlas, escupirles, dejar flatulencias en sus bocas y un toda una serie de modalidades de vejación que son ofrecidas como atrevidas e  innovadoras.

El porno radical afecta también al status de sus protagonistas, pues durante muchos años se aseguraba que las verdaderas estrellas eran las mujeres y se mitificaban aquellas mujeres que entendían su papel con respecto al hombre: hacer lo que a él le apetezca -todo- cuando a él le apetezca. Esto funciono entre las propias actrices, porque, en efecto, ellas eran las protagonistas del espectáculo: cobraban más, tenían clubs de fans, asistían a premios, fiestas y festivales, salían en las portadas de los vídeos y las revistas… Esa farsa se ha ido diluyendo con el tiempo.

Ahora las estrellas del negocio son los actores, los que son más agresivos, los que no tienen límites en degradar y envilecer a sus compañeras de rodaje. Según los jefes de la industria, hay miles de jovencitas necesitadas a las que ofrecer un billete a la fama, a Europa o al capitalismo, y acto seguido escupirles y romperles el culo. Cada día miles de chicas buscan y encuentran la única manera que tienen de soñar con una esperanza en las ofertas o imposiciones de cuantos proxenetas, chulos, esclavistas o productores de pornografía se crucen en su camino. Lo que diferencia a estas cuatro especies nombradas es que sólo los últimos son legales.