¿A que huele la vagina?

La gente suele imaginar a la vagina como un reducto de gérmenes que debe lavarse con dedicación hasta que desaparezca cualquier olor o lubricación. No es así. Ciertamente, la flora vaginal está repleta de gérmenes, pero éstos se pasean tranquilamente por todos los órganos de nuestro cuerpo. Lo importante es dilucidar qué tipo de gérmenes son, porque su ausencia total también es nociva.

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En condiciones saludables, las bacterias de la vagina tienen una función beneficiosa. Está poblada por una colonia de lactobacilos, las mismas bacterias que se encuentran en el yogurt. Ellos viven ahí dentro, protegidos del exterior, calientes, bien alimentados por las proteínas y los azúcares del tejido, y a cambio proporcionan protección frente a bacterias invasoras, generando desinfectantes como el ácido láctico y el peróxido de hidrógeno. El flujo vaginal, por su parte, posee una composición parecida a la del suero (agua, albúmina, glóbulos blancos y mucina). No tiene nada que ver con la orina o los excrementos.

De una vagina sana se desprende un aroma similar al del ácido láctico del yogurt, con un pH -acidez o alcalinidad- de 3,8 a 4,5 (parecido al de una copa de vino, superior al café negro pero inferior al limón). Un olor desagradable allí no siempre es sinónimo de carencia de higiene. De hecho, en este sentido, el exceso es peor que la falta, pues se destruye la imprescindible flora vaginal. Dicho olor puede ser producido por lo que llaman vaginitis bacteriana, una infección originada por compuestos como la trimetilamina, que curiosamente es el mismo que otorga su olor al pescado poco fresco. También encontramos putrescina y cadaverina, presentes en la carne putrefacta y en cadáveres.

“Los cambios que pueden indicar un problema incluyen un aumento en la cantidad de flujo, un cambio en el color o el olor del flujo e irritación, comezón o ardor dentro o alrededor de la vagina. Así es la vaginitis. Un flujo que está manchado con sangre cuando la mujer no está menstruando también puede evidenciar algún problema. En cualquiera de estos casos debe consultarse al especialista”, señala un reconocido sexólogo.  A juicio del especialista, estos cambios pueden ocurrir si se altera el balance normal de gérmenes beneficiosos dentro de la vagina. Ello puede ser producto del uso de duchas vaginales, desodorantes higiénicos femeninos, ciertos jabones o baños de espuma, antibióticos, diabetes, embarazo o infecciones.

Otro desencadenante de la vaginitis bacteriana es el semen. Al parecer, los espermatozoides no son capaces de nadar en el medio ácido de una vagina sana, así que vienen envueltos en una solución alcalina que incrementan el pH, favoreciendo la invasión de bacterias no deseadas. Normalmente, un simple coito no provoca esta reacción, pues la vagina recupera con bastante facilidad su pH. Los riegos aumentan cuando se mantienen muchas parejas sexuales diferentes, ya que las defensas inmunológicas no funcionan con normalidad. A más promiscuidad, más probabilidades de problemas.