Desear y Tocar

Saber sentir y reconocer cada pedacito de piel del amante es, cuando estas inmerso en una situación que implica sexo, toda una filosofía y un arte que se basa en el poder energético del cuerpo. Si antes de acariciar al otro, ambos se frotan las manos durante 30 o 40 segundos, la temperatura sube y emerge de ellas. Esta energía se potencia cuando la pareja enfrenta sus palmas, pues se produce un intercambio similar a una corriente eléctrica, que al tocar luego al otro transmite una vibración especial.

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Cuando las caricias se ofrecen sin prisa y largamente, como si de una ceremonia sagrada se tratara, es posible recrearse en cada punto del cuerpo y la persona acariciada recibe la energía erótica con plenitud; la clave de la sensualidad consiste en un juego lento casi hipnótico, librado a los dictados del propio deseo: las manos se detienen en un punto preciso y quedan quietas en el estómago, en una pierna o en cualquier parte del cuerpo, mientras transmiten, a través de la concentración, su carga sexual.

Esa misma carga es la que nos hace “viajar” con libertad cuando las palmas, los dedos o los nudillos se pasean por zonas corporales más amplias. Tiene que ser contactos creativos e insinuantes, que van despertando el deseo en ambos amantes, y el grado de sensualidad mutua se nutre y aumenta cada vez más.

Uno de los primeros contactos íntimos entre amantes es unir las bocas en un beso. Si al hacerlo van siguiendo un ritual y lo desarrollan poco a poco, su ansia y deseo aumentara en cada roce. Los orientales comienzan con besos en los que solo entran en contacto; estos son muy sugestivos si se dan lenta y suavemente, aumentando luego, poco a poco la presión. Luego pasan a lamer exteriormente la boca hasta introducir la lengua y explorar todo su interior, recorriendo los lados y el paladar, encontrándose las lenguas para entrelazarse, jugar y reconocer su sabor y aroma.

Los mordisquitos y las succiones intensas a los que llegan, naturalmente en el momento deseado, son tan excitantes que muchas mujeres y hombres sientes como se humedecen y laten sus excitados genitales, por un fortísimo deseo que los embarga a ambos y los lleva sin remedio a la penetración, que debe ser lenta, como si de una ceremonia sagrada se tratara, que los llevara al clímax ineludible de un orgasmo compartido y maravilloso.