La comodidad vs. El morbo de la incomodidad

Un colchon amplio y firme y a la vez flexible, con sabanas sedosas deslizándose por la piel en una caricia agradable y sensual, almohadas mullidas y esponjosas, amplios y cómodos cojines donde arrodillarse sea una tarea muy grata, mullidos pufs en los que puedas adoptar posturas infrecuentes de modo confortable, un amplio sillón con reposapiés, anchos antebrazos y un cabezal en el ángulo perfecto para apoyar relajadamente la cabeza durante una lenta y deliciosa felación; una alfombra cálida, peluda y suave donde provoque andar a cuatro patas, mientras por detrás una lengua te transporta al Nirvana. Todo esto es perfecto para lograr la máxima comodidad en un escenario planeado para el goce sexual, sin ninguna dificultad que altere el curso del juego sexual propuesto.

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Los símbolos de la comodidad también pueden variar. Algunas personas los prefieren menos tradicionales, pero no menos confortables: como disponer de un colchón de agua con la presión exacta para evitar movimientos bruscos y en cambio sí acompañar el movimiento de los cuerpos con un “oleaje interior”. A otros les encanta una ancha hamaca, colgada de las pérgolas de un patio interior con jardín, ideal para que se mesan los amantes durante un 69 a la hora de la siesta. Y por otro lado, están los apasionados por el agua, que buscan en las cosquilleantes y tibias burbujas del jacuzzi el relax adecuado para gozar del más cómodo y estimulante sexo oral acuático.

Pero no siempre la comodidad es la pauta elegida para cada momento de placer. Algunos amantes buscan variar, otros encuentran en la comodidad un obstáculo para satisfacer su voluptuosidad, les gusta más un incómodo muro cercano donde apoyar toda su pasión para recibir y dar placer, que una habitación cómoda, arreglada y perfumada. El sexo silvestre y sin ningún remilgo, no repara en el entorno agradable. Sus seguidores prefieren el morbo de una situación más que el escenario en sí mismo.

El clásico ejemplo del asiento de un auto, con los apoyabrazos, las hebillas de los cinturones de seguridad, el volante y los mil y un botones que la informática automovilística ha conectado para que los sensores se disparen al mínimo toque de una pierna o una nalga. Ese ambiente eleva la adrenalina de algunos hombres y mujeres. Y si el coche está en movimiento es un extra de riesgo que los excita más aún. Menos peligro, pero igual incomodidad tiene una mesa de harina y otras comidas o ingredientes, donde la pasión haga que los amantes se revuelquen sobre ella y sientan una satisfacción extra: su espontaneidad pudo más que el goce de lo planeado con racionalidad.