El placer y el morbo de mostrarse

Casi nadie logra verlo, es imperceptible. Dura menos de un segundo, pero se ha convertido en una escena emblemática del cine de todos los tiempos. La rubia está sentada en una silla frente a 2 policías que la interrogan. Tiene las piernas cruzadas. De pronto las descruza, las abre y las vuelve a cruzar. No lleva ropa interior. Eso se intuye, pues ella no lo dice. Y eso es más que suficiente para que se disparen las fantasías eróticas y la adrenalina.

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Sharon Stone en Bajos Instintos, demostró toda la potencia que puede tener la exhibición de los genitales como energía erótica y excitante. La hermosa actriz rubia seguramente despertó la envidia de miles de exhibicionistas, que muy en secreto, hubieran deseado tener esa audiencia para mostrarse.

El gozar con ser mirado, no es más que exponer las partes del cuerpo consideradas prohibidas por la cultura y casi siempre por la ley; y sentir muchísimo placer al hacerlo. El morbo, el pudor, las inhibiciones sociales y sexuales, el deseo y otras condicionantes personales orientan esta exhibición hacia ámbitos distintos, con diferentes niveles y matices.

Esta sensación de goce comienza antes de mostrarse como tal, porque se carga con una excitación previa cuando planea que vestirá y donde realizara su juego sexual. Y por supuesto tiene su clímax y satisfacción plena cuando realiza su idea y muestra su cuerpo o una parte (genital) de él. Pero durante el desarrollo, este juego se convierte en una especie de laberinto de gestos, sugerencias, insinuaciones, disimulos, complicidades y morbosas fascinaciones que se abren a toda clase de interpretaciones.

Descubrir el cuerpo ante los otros tiene antecedentes culturales que se remontan al comienzo de los tiempos y los pueblos primitivos, de los que quedan innumerables muestras de piezas que reproducen genitales masculinos y femeninos como imágenes de veneración y casi culto. Esas imágenes no se asociaban directamente al placer erótico, sino a algunos ritos de fertilidad que transformaban los órganos sexuales en el centro de atención, dignos de idolatría como una ofrenda sagrada a los dioses.

La exhibición del cuerpo tenía connotaciones religiosas, por lo que no existían las barreras que crea el pudor. Por mencionar, solo un ejemplo: sacerdotes de las provincias del sur de la India recorrían –a mediados del siglo XIX, antes de que se extendiera y consolidara la dominación británica, las calles de las ciudades completamente desnudos, mientras algunas mujeres reverenciaban y acariciaban sus penes como muestra de devoción.

Actualmente, algunos lo consideran una perversión y para otros es normal. La moda ha “desnudado” a la mujer y las actrices y celebridades son una muestra de exhibicionismo constante.