El desconocido del tren – Relato erótico

Estaba sentado justo frente a mí en el Ave Madrid-Barcelona, en uno de esos asientos de cuatro que tanto odio, esos con la mesa en medio tan molesta.Viajar en tren siempre ha sido un placer para mí, un momento íntimo, la posibilidad de estar a solas conmigo misma y dejar divagar mi mente, leyendo o escuchando las conversaciones de los demás, y estirar las piernas, ponerme de costado o bostezar cuando me apetece, sin que nadie me vea, y si tengo a alguien al lado, me giro hacia la ventana y veo desfilar un hilo deforme que se supone que son árboles. Desconecto, y por mucho que tenga el móvil encendido, tengo la sensación de estar totalmente apartada del mundo durante el trayecto.

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Éramos tres, pero de los otros dos acompañantes solo me fijé en uno. Aquel hombre llevaba una camisa azul y un chaleco precioso a rayas. Su media melena color cuervo, un tanto despeinada, le daba un aire travieso y juvenil, matizado por unas canas que, como finitos copos de nieve, salpicaban, impertinentes, su pelo. Llevaba una libreta en la que tomaba unos apuntes y, de vez en cuando, levantaba la cabeza para mirar por la ventana. Seguramente para pensar un rato en lo que iba a escribir. Mientras, yo bajaba la mirada para ver, como quien no lo pretende, en qué situación se encontraba el hueco que nos separaba, a fin de estirarme de manera cómoda sin importunar a nadie. Debía ser alto, porque sus piernas infinitas invadían mi espacio. No dije nada. Llevaba unas botas Belstaff y unos vaqueros rotos. Me encantó enseguida su aspecto de hombre maduro cool. Aparté ligeramente mis piernas.

No soporto que invadan mi espacio. No soporto que una persona desconocida esté muy cerca de mí, demasiado cerca, hasta el punto de que me pueda tocar. Mi espacio vital es algo absolutamente innegociable. Sí, en este aspecto, soy bastante intransigente, me suelo crispar hasta el punto en que, a veces, comunico aunque sea de una manera implícita, que alguien está traspasando una línea roja…Y, si se franquea, puede traer consecuencias. Me sucede incluso en sitios muy cerrados en los que, muchas veces, es inevitable tocar a la gente sin querer.

Ese día, el tren estaba completo, así que no tuve más remedio que tragarme el orgullo y apechugar con la situación. Repentinamente, sus botas rozaron mis zapatos de tacón fino. Fue un roce sin violencia alguna, sin erosiones, casi una caricia. Por una décima de segundo, mi espacio individual fue penetrado, el portón del castillo abatido por un ariete, por un puntapié que, como un beso, esquivó el foso, las ballestas y echó por tierra las almenas. Fue ahí cuando todo comenzó.

Levantó inmediatamente la cabeza y, con un movimiento de la mano y una pequeña mueca en su rostro que mostraba su torpeza, me pidió disculpas. Enseguida me fijé en los nudillos de sus largos dedos huesudos. Me parecieron tremendamente sexis. Algunos pensarán que, en ese momento, mis ojos se enfrentaron a los suyos, que, como curiosos hurones, se empezaron a filtrar por las madrigueras de su cuerpo, pero sucedió todo lo contrario. Los cerré.

El tren está vacío. No hay viajeros, ni azafatas ni maquinista, pero sigue rompiendo el aire a más de trescientos kilómetros por hora. No se va a parar, ni en Madrid ni en ninguna otra parte. No se va a parar. Solo quedamos él y yo montados en un pájaro, cuyo poderoso y regular batir de alas incita a la ensoñación. Mi zapato de tacón se desprende del talón a la punta con suavidad. Sus largas manos huesudas y cristalinas empiezan a deslizar mis medias, que parecen levitar, para finalmente desprenderse por un inmenso caudal de aire que las succiona. El mismo caudal que ensortija y enreda su pelo negro. El que hace que sus labios, como una amorosa ventosa, se fijen a la parte de atrás de mi rodilla y descienda, como un caracol en medio de un huracán, hacia mis talones, dejando en el anverso de mis piernas un rastro irisado de cálida fluidez, que busca emparentarse con la que yo desprendo de mi abertura, entre los muros de mis piernas.

En esa batidora cósmica en la que se ha convertido el mundo. Sus labios se acercan a los míos. Puedo oírlo: el pájaro grazna. Algunos de los que por allí existieron antes dirían que es el tren que pita, pero no, es el gran pájaro que grazna. Sus labios vienen a devolverme el fluido que yo pierdo, a trasvasarlo de mi entrepierna hasta mi boca, para evitar que me petrifique la sequedad. El mismo tren desaparece. Ahora soy yo la que rompe el cristal a 300 por hora, la que bate las alas, la que llevo sobre mi pecho al cuervo nevado con chaleco, que picotea por entre las yemas de su pico mis pezones. Sin dejar de trasvasar mis aguas. Floto. He roto la barrera del sonido.

El cuervo de largas zarpas posa una uña sobre el centro del mundo, allá entre mis piernas. No podrá recoger todo el agua. No podrá. Con la uña escribe allí el nombre del balbuceo, el sonido allá donde ya no nos atrapa el sonido, donde no hay árboles que se despiden, donde no se llega a ningún sitio, pero hacia donde se parte, hacia donde me voy corriendo con el cuervo nevado. Travieso.

Grito de placer, pero no se oye ningún sonido.