Doña Flor y sus dos maridos (Película completa con Sonia Braga)

El film adapta aceptablemente el libro del mismo nombre. Durante la primera mitad de la película, la acción combina la muerte de Vadinho (José Wilker) con flash-backs de su vida con Doña Flor (Sonia Braga), su bella esposa. Conocemos su vida de vago, apostador compulsivo (que robaba lo que su esposa ganaba para gastarlo en el casino), borrachín, fiestero y mujeriego (aunque él asegura que solo ama a su mujer); por otra parte, Doña Flor se siente por momentos infeliz con ese granuja que tiene por esposo, pero pronto olvida y perdona todo ante el irresistible poder de seducción de Vadinho y la manera como él la sumerge en el fuego de la pasión y el deseo en inolvidables noches. En una época marcada por el puritanismo, su desfachatez era un bálsamo refrescante. Está casado con una mujer abnegada y trabajadora, quizás por la necesidad de tener a alguien normal a su lado para tener algún asidero en el mundo y, de paso, poder explotarlo financieramente. Hay algún que otro detalle que, si bien no redime a Vadinho, al menos le da un matiz menos detestable: cuando se excede, pide perdón y arma ostentosas fiestas para agasajar a Flor; y su pasión por esta mujer es ardiente y auténtica. La segunda parte de la cinta muestra, de manera explícita, cuánto extraña Doña Flor a su marido muerto; por más bribón y caradura que fuese, nunca podrá olvidar al amante. Así, acepta casarse con el farmacéutico, Teodoro Madureira (Mauro Mendonça), que tiene fama de decente y recto a más no poder. Si bien con este nuevo marido Doña Flor consigue la seguridad y respeto que nunca le dio Vadinho, el buen doctor es una desilusión a la hora de cumplir sus deberes conyugales (no solo fija fechas y horas para el sexo, sino que ni siquiera se quita el pijama).

Vadinho reaparece como una especie de fantasma “corpóreo” (siempre completamente desnudo), pues solo su mujer podrá verlo y sentirlo. Doña Flor, si bien llega a tener apasionado sexo con el fantasma, se resiste a seguirle siendo infiel a su respetable segundo esposo, y contacta a unos brujos para que, mediante conjuros, manden al difunto de regreso al más allá. Pero en la escena culminante, Vadinho aclara que fue la propia Doña Flor quien le “llamó” y que no habría infidelidad alguna, pues tanto Vadinho como Teodoro son sus legítimos esposos. Cada uno le dará lo que el otro no puede (o pudo) darle. Doña Flor finalmente lo entiende, pero ya el hechizo de “regreso” está en marcha… ¿será demasiado tarde?

Esta película es considerada, con toda justicia, como uno de los clásicos del cine brasileño, así como el más recordado film de la sensual Sonia Braga.