Entrega especial (Relato erótico)

Estaba terminando de ducharme cuando sonó el timbre. No me daba tiempo a vestirme. Y volvió a sonar el timbre. Recién duchada, me recogí el pelo mojado y salí envuelta en una toalla a abrir la puerta.

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– Buenos días. ¿Angélica?
-Sí, soy yo.
-Entrega especial.

Ahí estaba el repartidor. Una sonrisa abierta como su camisa y prisas por terminar la jornada. Con esa sonrisa sencilla y abierta mostraba y ocultaba quien era en realidad. Esperando una oportunidad, en una ciudad extraña, entregando cartas, avisos, paquetes, urgentes, devoluciones, decepciones, rupturas, avisos de embargos, felicitaciones, regalos e historias inacabadas.

Nuestras sonrisas se cruzaron. Me trasladé de nuevo a la ducha. Me imaginaba dándome una ducha bajo su mirada penetrante, con gel espumoso, mis piernas satinadas por el tacto de una loción delicada, sutil, inolvidable… La elección de la ropa interior… sería el momento de elegir como lo amaría, de forma delicada, turbia y oscura como sabía hacerlo desde hacía demasiado tiempo.

-Firme aquí, por favor, en la línea de puntos.

-Gracias. Justo a tiempo.

No podía dejarlo marchar con esa sonrisa picarona, esa camisa ajada y ese mechón divertido que se mostraba rebelde en su sien. No, no podía, no debía.

Él no me quitaba ojo. Mi piel todavía estaba mojada. Me puse de puntillas para poder acercarse a su oído y susurrarle… Lo cogí por el cuello para poder aspirar esa mezcla tan excitante de olor masculino y trabajo limpio. Lo atraje hacia mí y cerré la puerta con habilidad mientras lo besaba por el cuello y envolvía mis dedos en su pelo.

Me besaba sorprendido y encantado a la vez. Le desabrochaba cuidadosa y divertida la camisa, y besaba su cuello, su pecho,… bajaba mis manos hacia el cinturón, y así me atrajo aún más: sin camisa, con pantalón y guiándome por el cinturón. Mientras mi toalla se deslizó a la altura de la cadera, primero, y cayó al suelo por fin. Desnuda, mi pecho frío, mi vientre,… estaba muy excitado.

Le llevé al baño. Me arrodillé él con el cuidadoso gesto de quitarle el cinturón, el pantalón y la ropa interior. Su pene estaba fuerte y decidido, era perfecto en su forma, su tamaño, su textura, color, su olor,…. invitaban a llevárselo a la boca con el cuidado y la sabiduría necesarias, con el ritmo adecuado, la intensidad justa de lamerlo, mordisquear el glande, meterlo entero en mi boca, deslizar la lengua en todas las direcciones, bajar hasta los testículos y besarlos y lamerlos, y oírlo a él gemir, respirar y sentir sus dedos en su pelo,…

Cuando ya no podía más, me agarró con fuerza, me subió, y me besó por todo el cuello, en la boca, ¡cómo se deleitó con los pechos! Jugó con mis pezones, tímidos, claros, pequeños, divertidos y entregados.

Me separó las piernas y metió los dedos en mi sexo. Se agachó hasta esa altura para jugar con el sexo oral… Me sació lamiéndome y me regaló un orgasmo tan intenso con la punta de su lengua… gemía y sonreía a la vez.

No esperó más. Y frente al espejo del baño me penetró. Ambos de lado, un perfil hermoso, divino y excitante. Lo hacíamos en silencio porque nuestras bocas se tapaban con las manos. Me puso frente al espejo y me entró dentro de mí de nuevo. El silencio se convirtió en una locura de gemidos provocados por el más puro placer.

Su corazón estallaba sin querer parar, hasta que su orgasmo se acompasó y volvió el silencio.

-Edmund, me llamo Edmund, dijo vistiéndose con una amplia sonrisa.