No tienes valor

Te manda un WhatsApp. Está tomando algo con unos amigos. « ¿Te animas?», pregunta. Dudas, como siempre. Cinco minutos después, te decides. Contestas que estarás en media hora. Corres al baño y te das una ducha rápida; a tu habitación y tiras medio armario al suelo decidiendo qué ponerte; a la entrada de tu apartamento para pintarte los labios y coger las llaves del coche.

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Le encuentras al fondo del bar. Un abrazo tímido y las presentaciones de rigor. Sus amigos comprenden y se alejan con disimulo. Estás muy nerviosa y hablas sin parar, embriagada del calor que emana de su cuerpo, de su olor, del roce leve de su pelo en tu mejilla cuando inclina su cabeza para oírte por encima del ruido y la música.

Tras dos cervezas, le dices que es tarde y deberías irte;  él, que te acompañará a tu coche para que no vayas sola. Cuando llegas al aparcamiento, no sabes qué hacer. Él te da los dos besos de cortesía; tú, el que ardía en tu boca y ahora arde en la suya. Te empuja contra el capó. Vuestros cuerpos se funden mientras los labios se devoran, las lenguas se entrelazan, los dientes muerden. Sientes su miembro a través de la ropa mientras vuestras manos se hunden debajo de las camisetas para acariciar la piel, apretar la carne, clavar las uñas como si quisieran despedazarla.

Las luces de un coche de policía os devuelven la cordura. Os separáis riendo con una mirada cómplice. Te coge de la mano y comienza a caminar. Sabes a donde te lleva, al único sitio al que quieres ir.

Cuando cierra la puerta, buscas su boca de nuevo, su culo debajo de los pantalones, su polla dentro del bóxer. Él también te busca por debajo del sujetador, de la falda, del culotte húmedo que desplaza a un lado para acariciar tu vulva, apretar tu clítoris, hundir los dedos en tu sexo mientras aprietas el suyo, lo masturbas con tu mano perlada de su lubricación, despacio, despacio, despacio… hasta que un espasmo le sacude y le aferras del pelo, chupas su lengua, aceleras el ritmo y él gime en tu boca, enloquece en tu coño, se derrama en tu mano.

Te enseña su casa, su colección de música, los libros que atesora en las estanterías. Te pregunta si quieres algo. «A ti», susurras, mientras le empujas sobre el sillón. Te sientas a horcajadas sobre él y le besas, apartas el pelo que cae sobre sus hombros para morder su cuello, te frotas contra su pelvis. Él te agarra con fuerza, te tumba boca arriba y te arranca la ropa. Su boca apresa tu vulva y su lengua se deslizan de arriba abajo, describe círculos en tu clítoris, se hunde en tu interior. A la lengua siguen los dedos que te follan mientras los labios chupan, y tú mueves la cadera para masturbarte con su barba, le agarras de la nuca para apretarle contra tu coño, te corres en su boca hasta vaciarte.


Se desnuda mirándote a los ojos. Su miembro te busca, penetra hasta el fondo, se clava en las paredes, arde en… Despiertas. Tu cama está vacía de él y llena del deseo insatisfecho que humedece tus muslos. Te tapas la cara con la sábana. Cierras los ojos. Sigues sin tener valor.