Cuarto sin ascensor (Relato erótico)

Todo había ido rápido. De repente, nos encontramos y, cuando echo la vista atrás, me digo que era inevitable. Tu desesperación y la mía eran fácilmente reconocibles como para dejarnos escapar, así sin más, en ese mundo carente de dulzura y ligereza en el que siempre corríamos el riesgo de perdernos, sin hacer ruido. Fantasmas deambulando en esta tierra opresiva…

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Queríamos amarnos, lo sé. Vibrabas como una flor al viento cuando te vi por primera vez. Eras bella, irresistible y, en este grupo de amigos en el que todo era falsedad, te noté fuera de sitio, como yo. Así que me acerqué. Al principio, cegado por el deseo, solo vi los contornos de tu silueta, y luego, una sombra borrosa. Me acuerdo que soplé en tu pelo, como hacía de niño con los dientes de león en el campo. Quería esparcirte por todos los rincones, multiplicarte, pero también, llamar tu atención y hacerte real. No se me ocurrió nada mejor. Me acuerdo de las miradas de los demás. Y de sus miedos. Y de cómo giraste la cabeza, jovial y curiosa a la vez. Con cierto aire interrogante. Ese brillo en tus ojos rasgados. Todo fue ruidoso cuando me miraste y te volviste visible. Me trastornaste hasta la locura y supe, desde el primer momento, que lo nuestro estaba abocado al desastre. Nuestra historia iba a ilustrar, como tantas veces me había pasado, la impotencia de amar y el fracaso de nuestros silencios.

Te imaginaba alta ejecutiva, trabajando horas extras en tu despacho con vistas al Trocadero, vestida de traje falda, chaqueta  azul marino o beige, según las estaciones; cerrando con llave tu despacho en verano, para coger un vuelo hacia algún destino exótico. Y volver morena en septiembre, la falda más corta… Seguramente vivías en un piso de doscientos metros cuadrados, con un gato. Sí, te imaginaba con un gato, tú, la felina de ojos rasgados. Nuestros mundos eran muy distintos, pero no me importaba. Me enamoré enseguida de tu paisaje.

Tuve miedo de ser indiscreto, de decirte te quiero, así, sin más… Te cogí la mano febrilmente y te llevé fuera de aquel bullicio. Te dejaste llevar, sí, y amueblabas el silencio como nadie. Fue salir de este local y te volviste mi sobredosis de ternura, mi anfetamina en vena. Pirómana de mi corazón, enseguida me hiciste sentir bien, extrañamente bien, por un instante, hasta mareado.

Cuando llegamos a mi piso, un cuarto sin ascensor, no dijiste nada. Ni cuando metí la llave frenéticamente en la cerradura, para abrir esa puerta que se resistía… Porque estaba nervioso, tampoco hiciste ningún comentario. No podía esconder mis emociones, no delante de ti. Tú lo intentaste, pero noté algo de excitación cuando la puerta, por fin, cedió. Te mordiste los labios como una niña traviesa y preguntaste directamente por el baño.

Dejaste la puerta abierta y oí tu orina en el váter, como una lluvia fuerte, cálida. Te tomaste tu tiempo y yo empecé a elucubrar sobre tu cuerpo y la destreza con la que acogerías mi polla. Si preferías hacerlo con luz o sin ella. Si preferirías…

Nuevamente el contorno de tu silueta. Tu sombra borrosa en el umbral de la puerta. Por poco pensé que no eras real, pero te acercaste para acostarte en la cama, a mi lado. Frotaste tu coño contra mi pierna y noté que lo tenías ligeramente depilado. Seguiste balanceándote de atrás hacia adelante y yo me dejé hacer, arañado por tu pequeña pilosidad, picaduras de pasión, rasguños de gata. Lanzabas algún que otro gemido que intenté coger al vuelo, besándote, pero me lo impediste. Era la primera vez que sentía algo de luz en mí, instalado demasiado tiempo en el disgusto, el miedo y la cobardía. Este pequeño suplemento de alma que llevaste esa noche hizo que, por primera vez, dejase de odiarme. O eso creí.

Te pusiste encima con el mismo balanceo de antes. Te veía sonreír por los ojos, pantera mía, burlona pero, a la vez, tremendamente dulce. Todo tu cuerpo ardía y pensé que si pudiera existir un Dios, tendría tu forma y yo la veneraría toda la vida. Me puse a acariciar el principio de tu espalda. La textura de tu piel era delicada y suave, pero quemaba la yema de mis dedos. No retiré la mano, ese calor me reconfortaba. Para cuando cogiste mi polla en tu mano, nuestros pulsos se hicieron uno y casi me puse a llorar.

Tu mano apretaba mi polla y se relajaba, así unas cuantas veces, como un tensiómetro improvisado. Mientras, resonaban en mi interior el rechinar de mis propios dientes, la mandíbula tensa, el miedo a que no se levantara lo suficiente para entrar en ti… Para llevar los latidos de nuestros corazones a un nivel superior. Aquella noche tuve miedo a fallarte. Aquella noche te merecías todo el amor del mundo. Pero aquella noche dejé de bombear sangre. Aparté bruscamente las sábanas a un lado y me apoyé sobre un codo. Te encogiste de hombros y empezaste a alisarte el cabello. Supongo que era tu particular manera de restarle importancia a mi vulnerabilidad.

Recogiste tu ropa sin ruido. No intercambiamos palabras. Bueno, sé que sentiste comprensión por la situación. Pero no era suficiente. Esperaba un no te preocupes que se quedó a medio camino, entre la glotis y tus labios. Mi cuerpo se puso a temblar, no pude respirar. La angustia hinchaba mi garganta en silencio.

Ya no iríamos de la mano, saliendo como ladrones de un local con mucho bullicio. Nunca iba a tener la oportunidad de llevarte a cenar ni de pasar horas acariciándote la espalda debajo de las sábanas. Ya no tendría la posibilidad de hacerte reír, tarde, en la noche espesa.

Me tocaste suavemente la cara, el cuello. Pasaste tus dedos encima de mi boca. Mis labios estaban secos.